Desde esta semana, quienes habitamos en el cabo tenemos la oportunidad de ser un poco más sabios, de conocer nuestro pasado con mayor profundidad. Y todo, gracias a un libro que indaga como nunca antes en una de las más importantes fuentes de sustento que tuvieron nuestros ancestros hasta tiempos no tan remotos. Estamos hablando, claro, de Las fábricas de Corrubedo, el resultado de una laboriosa investigación sobre la industria del salazón en nuestras playas por parte del historiador Santiago Llovo Taboada, autor que ya nos había honrado aquí, en este blog, publicando dos magníficos artículos dedicados a los naufragios del bergantín goleta Nemesia y de la brickbarca Febo.

Santi Llovo ha tenido a bien hacer la presentación oficial de esta su última obra el pasado jueves en el centro social / antigua escuela unitaria del pueblo (o el grupo, como aún la llamamos quienes pintamos canas). Y, como no podía ser de otra forma, el vecindario ha respondido a la llamada cubriendo por completo el aforo del evento en lo que vino a constituir una suerte de preestreno de la nueva sala multiusos que se acaba de edificar con la ampliación del inmueble.

La conselleira do Mar de la Xunta de Galicia, Rosa Quintana, el alcalde de Ribeira, Manuel Ruiz, y la directora de Andavira Editora, Lucila Ventoso, fueron los teloneros de excepción que se encargaron de abrir boca antes de que Santi Llovo entrara en materia.

No es nuestra intención destripar el libro. Ya está en las librerías. Y pronto en las bibliotecas. Pero sí ofrecer algunos datos recogidos a vuelapluma en el transcurso de la presentación y que nos han parecido la mar de interesantes.

Comenzando por el principal: a lo largo de su historia Corrubedo llegó a contar con nueve fábricas de salazón.

¿Eran muchas o pocas? Ni una cosa ni la otra. A principios del XIX, Galicia poseía cerca de quinientas salgaduras. La cifra verdaderamente llamativa es el número de propietarios: hasta 73, ha llegado a contabilizar el autor, algo que no ha visto en ningún otro sitio.

Esto tiene su explicación. Cuando llegaron los fomentadores catalanes, había sardinas cerca de lugares como Padrón o Noia, pero a medida que se iban agotando las pesquerías cada vez había que buscarlas más lejos, y detrás iban las factorías ¿Y qué más lejos había que Corrubedo?

La consecuencia es que todos los grandes empresarios del ramo de la ría de Arousa —afincados ellos en Palmeira, A Pobra y Ribeira— tuvieron aquí su fábrica de salazón. Y otra particularidad: todos estos almacenes se construyeron en los dominios de un noble: el marqués de Camarasa.

¿Dónde estaban ubicadas? Pues en las tres playas urbanas, esto es, O Prado, A Robeira y A Robeiriña.

La primera de todas la construyó en el siglo XVIII un tal José Manuel Vizcaya, de Sanxenxo, en A Robeira, antiguamente conocida como playa de As Lanchas. La fábrica pasó por dieciséis propietarios y quien más la explotó fue la familia Barreras. Entre sus dueños estuvo José Martínez Fernández, del que dicen los cronistas que fue el mejor alcalde del municipio [y que ya hemos traído aquí a propósito de una de las más increíbles historias que hemos contado]

A continuación nos encontramos con la de O Carraspello, en A Robeiriña, creada en 1814 por el catalán Fidel Curt. Pasó por multitud de manos, entre las que destacan las de José Ferrer Munells, alias Marlés, probablemente el tipo más rico de la ría arousana en el siglo XIX.

Acto seguido, la de CarreróRiva, situada en frente de donde hoy está O Pósito. Fue la que primero cerró, a mediados del siglo XIX.

La cuarta fue la de Os Mariños, instaurada en A Robeiriña por dos vecinos de Ribeira que estaban casados con sendas hermanas: José Martínez y Vicente Fernández.

La quinta, la salgadura explotada por Salvador Soler, que hoy se conserva en parte en lo que conocemos como restaurante Benboa.

La sexta fue erigida por un catalán, Melchor Saladrigas, en sociedad con un parroquiano, Francisco Domínguez. Allí hoy se encuentra el frente formado por los bares Ferruxe, Pequeño y O Porto. Su construcción generó una polémica que dio pie a su vez al primer plano del puerto de Corrubedo que se conoce.

A continuación, una tercera factoría erigida en A Robeiriña a iniciativa de una rama de la familia Ferrer y que perteneció entre otros al fomentador catalán Ramón Villoch.

La octava también fue construida por el mentado Francisco Domínguez, que aunque residente en nuestro pueblo era de Salvaterra de Miño (y que, según Llovo Taboada, probablemente fuese el hombre más rico de Corrubedo de su tiempo). La fábrica se hallaba frente a la entrada del antiguo bar de la Casa del Mar.

Y por último, en la playa de O Prado, la que estaba localizada junto a la Casa de O Cantón.

A cada una de las nueve fábricas Santi dedica un capítulo entero, así que nosotros no nos explayamos más. Tan solo señalar que la preciosa vista aérea de la portada con las huellas de las tres fábricas de salazón que se enclavaron en A Robeiriña fue tomada por nuestro vecino José Francisco Parente (o sea, Yu) y que el libro está dedicado a Francisco Sánchez Fraga.

Sin más, nos quedamos con la principal reflexión que a nuestro juicio trascendió del evento: quedan vestigios, sí, pero la mayor parte se está desmoronando piedra a piedra; apelemos a que se tomen medidas y que este inestimable patrimonio goce de una segunda vida.

Que así sea.