Llegó el gran día. Hoy, jueves 19 de agosto de 2021, da comienzo la más legendaria, la más trepidante, la más adrenalínica, apoteósica y en ocasiones trágica carrera que jamás ha surcado la bóveda celeste. Desde el aeropuerto de Pomerania, en la ciudad polaca de Toruń, patria de Nicolás Copérnico, se elevarán en el aire quince artefactos tan imperfectamente redondos como la órbita de la tierra alrededor del sol.

¡Bienvenidos a la 64ª edición de la Copa Gordon Bennett! Tomen sus asientos para avistar la más increíble competición de globos del mundo, la enésima ocurrencia de un playboy.

Suerte a los treinta benditos locos que se han dejado embarcar [¿embaucar?] en esta aventura. Gloria a cada uno de los vencedores del pasado. Y una oración para los que han perecido en el intento…

Veréis. Hubo una vez en que Corrubedo, el mar de Corrubedo, jugó un jugoso papel en el desenlace de la competición. Eran tiempos felices en que Charles Chaplin estrenaba La quimera del oro en el mítico Grauman’s Egyptian Theatre de Los Ángeles y Babe Ruth regresaba al estadio de los New York Yankees tras una enfermedad intestinal por la que cierta prensa lo dio por muerto. Lo que sucedió aquí, a este lado del Atlántico, levantó en volandas la polémica y hoy queremos rememorarlo.

¡Viajemos a aquella edición! ¡Volemos a 1925!

Pero antes…

Él

Él es James Gordon Bennett, junior: el muñidor de esta locura. Canalla y bon vivant podrido de pasta que pasó a los anales de la historia por muchas cosas: desde auspiciar el nacimiento del US Open de tenis hasta financiar el famoso viaje del periodista Henry Morton Stanley en busca de cierto explorador presuntamente perdido en el corazón de África (inmortales las primeras palabras pronunciadas cuando se produjo el encuentro: «Doctor Livingstone, supongo»). Su padre, James Gordon Bennett, senior, había fundado el periódico New York Herald, el más leído de la metrópoli. Él lo heredó, y a partir de un momento dado lo hubo de dirigir desde un yate anclado en el exilio europeo después de ser repudiado por sus compañeros de casta. ¿La razón? Llegó tan borracho a la fiesta de Año Nuevo del padre de su prometida —la encantadora señorita Caroline May— que confundió la chimenea con el inodoro ante la estupefacta mirada de los anfitriones.

Este es el sujeto, amigos, que ideó la carrera de globos que lleva su nombre. De frecuencia anual, echó a volar en 1906 desde el parisino Jardín de las Tullerías. Pero antes, en 1900, ya había perpetrado una prístina Copa Gordon Bennett dedicada a la imberbe industria automovilística: cinco chalados montados en cinco cacharros tomaron la salida en, cómo no, París [siempre París… que se lo digan a Bogart… que se lo digan a Messi] para emprender una accidentada marcha hasta Lyon. Solo dos de ellos lograron cruzar la meta.

Esta versión primitiva de Los autos locos duró hasta 1905. Al año siguiente, dieciséis globos de gas se elevaron sobre el parque donde una vez Robespierre hizo realidad su ensoñación de rendir culto al Ser Supremo. La mecánica era [y sigue siendo] sencilla: gana quien más lejos aterrice. Y quien más lejos aterrizó en aquella primera edición fue la dupla de estadounidenses Frank Lahm y Henry Hersey: recorrieron una distancia de 641 kilómetros y 100 metros, para lo cual invirtieron un tiempo de 22 horas y 15 minutos. Su globo, de nombre Les Etats Units, se posó en la parroquia de Fylingdales, en Yorkshire, Gran Bretaña.

Salida de la Copa Gordon Bennett de 2019, la última en celebrarse

En los 115 años transcurridos desde aquella travesía aérea inaugural, la Copa Gordon Bennett ha sufrido tres interrupciones. La primera, entre 1914 y 1919 debido a la Primera Guerra Mundial. La segunda, muchísimo más larga, a partir de 1939, año en el que estaba previsto que el certamen arrancara el 11 de septiembre en Polonia. La invasión nazi de este país diez días antes echó al traste con la prueba y no resurgió hasta 1983, cuando pudo celebrar su 27ª edición con salida desde París y el respaldo de la Federación Aeronáutica Internacional (FAI). Y claro: en 2020 tampoco tuvo lugar por el maldito covid.

La colección de incidentes vividos en las 63 convocatorias celebradas resulta de lo más variopinta. En la edición de 1910, que partía desde la ciudad estadounidense de Saint Louis, piloto y copiloto ganadores aterrizaron en la profundidad de los bosques de Quebec, y muchos ya los daban por muertos cuando emergieron a la civilización diez días después de concluida la carrera gracias al auxilio de dos cazadores. En 1923, cinco competidores murieron alcanzados por un rayo. En 1995, dos participantes tampoco la contaron tras ser atacados por un helicóptero de combate de la Fuerza Aérea Bielorrusa al internarse en el espacio aéreo de esta nación. En 2010, el equipo estadounidense desapareció en medio de fuertes tormentas eléctricas cuando volaban sobre el mar Adriático: sus cadáveres fueron recuperados dos meses después por un pesquero italiano.

Pero ya no nos demoramos más. Vamos con la competición de 1925, que tampoco estuvo exenta de sobresaltos…

Mirad el vídeo. Ciento trece segundos de poesía aérea en movimiento para inmortalizar la salida de los dieciocho globos que se aventuraron en esta décimo cuarta edición de la copa. Estamos a domingo 7 de junio y hacía siete años que James Gordon Bennett hijo abandonó este valle de lágrimas, al poco de cumplir los 77.

Pero he aquí su legado. Las aeronaves están despegando una a una del césped de Solbosch, Bruselas, ante un hervidero de canotiers, el sombrero por excelencia durante los roaring twenties. Hasta 150.000 espectadores —leemos en periódicos como Belfast Telegraph— presenciaron la partida, inmunes a una temperatura que a la sombra se iba a los 31 grados.

¡Vuelan los franceses a bordo de La Picardie! ¡Vuela a continuación el Belgica con los favoritos de la prueba: los locales Ernest Demuyter y Leon Coeckelberg, vencedores en los dos últimos años! ¿Y después? Después se eleva la joven promesa estadounidense Ward Van Orman metida en la góndola del Goodyear III. Y luego el suizo Helvetia II. Y el inglés Banshee III. Y el italiano Aerostiere III… Y así hasta dieciocho, incluyendo tres ingenios españoles: el Capitán Penaranda, el Jesús Fernández Duro y el Esperto.

¡Allá van! Dieciocho globos. Treinta y seis tripulantes. Y una sola misión: volar lo más lejos posible… pero ¡ojo! sin caer en el mar.

La salida, contada por Belfast Telegraph el 8 de junio de 1925

Y, entremedias, un caprichoso señor: el viento.

El viento. Sí. Veleidoso regidor de los destinos de los aeronautas que, al inicio de la prueba, soplaba del noreste para tornar del norte en el Atlántico, abortando prácticamente cualquier opción de triunfo si tus planes pasaban por dirigirte al sur de Inglaterra… que es lo que precisamente intentaron el español Suesena (Capitán Penaranda) y el yanqui Flood (S-14) sin conseguirlo, teniéndose que conformar con tomar tierra de este lado del canal de la Mancha, en las localidades francesas de Thiennes y Le Tréport.

No les fue mucho mejor al español La Llave (Jesús Fernández Duro) y al francés Blanchet (Maroc) que apenas pudieron traspasar la frontera belga y caer a unos pocos quilómetros de Calais. Lo mismo que el inglés Johnson (Elsie), si bien con el infortunio adicional de ser arrollado por un tren en la maniobra.

Bastante más lejos llegaron Ilari (Italia, Ciampino III), Dunville (Gran Bretaña, Banshee III), Bienaime (Francia, La Picardie), Bachmann (Suiza, Helvetia II), Spencer (Gran Bretaña, Miramar) y Labrousse (Bélgica, Ville de Bruxelles). Permanecieron a la vista de la costa hasta concluir su experiencia en la región de Normandía.

Y aún volaron más allá los italianos Valle (Ciampino V) y Grassi (Aerostiere III): 550 y 598 kilómetros hasta descender en Bretaña.

¿Y qué hay de la pareja favorita?

Una imagen de la salida

Ernest Demuyter, junto con su copiloto Leon Coeckelberg, mantuvo el rumbo sur-suroeste y logró alcanzar con el Belgica la costa sur de la Bretaña y detener su vuelo en Quimper: 681 kilómetros y 500 metros. Una gran marca.

Entretanto, a otros tres globos les pudo la ambición y finiquitaron su aventura rodeados de las aguas del golfo de Vizcaya. Al francés Grand Charles hubo que sacarlo del mar, en tanto que el español Esperto se quemó tras acercarse demasiado a la chimenea de un vapor mientras intentaba aterrizar en cubierta… que es precisamente lo que consiguió hacer la joven promesa estadounidense Ward Van Orman con su Goodyear III al posarse a medianoche en el buque holandés Vaterland tras señalizar con una linterna su situación de emergencia. Una proeza admirable pero incompatible con unos estatutos que impedían cualquier asistencia externa.

Y así, amigos, hemos resumido las peripecias de diecisiete aerostatos.

Nos falta uno.

The Glen Falls Times, 10 de junio de 1925

Nos falta el Prince Leopold, globo de nacionalidad belga conducido por Alexander Veenstra con Philippe Quersin como ayudante. Estamos a miércoles 10 de junio y no hay rastro de él. La organización de la carrera —dice el diario neoyorkino The Glen Falls Times— da aviso para que cuanta embarcación navegue por el canal de La Mancha y por las costas oeste o norte de Francia permanezca ojo avizor.

Simultáneamente, Ernest Demuyter es proclamado oficiosamente el ganador de la prueba (¡una más!) seguido del italiano Valle.

Así pues, la décimo cuarta Copa Gordon Bennett se encamina al final. Ya casi todo está resuelto, a falta de que el décimo octavo globo dé señales de vida en algún punto del océano.

Pero no… el Prince Leopold iba a acabar por aparecer en un lugar que nadie en su sano juicio podría sospechar para ponerlo todo patas arriba.

Nadie, salvo los que leéis este blog, claro.

El Orzán, 11 de junio de 1925

Mientras el pesquero Fernando Cardona navegaba de Vigo a Noia, halló a la altura del cabo Corrubedo, a las dos de la madrugada del miércoles 10, un globo semisumergido. Era el Prince Leopold, que había salido el domingo de Bruselas en la disputa de la Copa Gordon Bennett.

Había mar gruesa y una densa niebla, y el vapor tuvo que realizar difíciles maniobras para aproximarse y salvar a los viajeros de una muerte cierta. Tanto fue así que el patrón del barco, Fernando Montes, hubo de arrojarse al agua para auxiliar a Quersin. Copiloto, piloto y lo que quedaba del globo fueron recogidos y conducidos al puerto noiés.

Esta es —con algún añadido o matiz extraído de informaciones posteriores— el resumen de la noticia que el 11 de junio publicó el periódico coruñés El Orzán. También la prensa extranjera se hizo eco del suceso… y tomó sus conclusiones:

The Yorkshire Post, 12 de junio de 1925

«LA COPA GORDON-BENNETT NO FUE GANADA POR VEENSTRA». Así. En letras mayúsculas. Más claro, agua.

Este y otros artículos de igual cariz daban por vencedor a la dupla Demuyter/Coeckelberg al sostener que el Prince Leopold había caído en el mar a diez millas de la costa, con lo que la aparición del último globo no alteraba el resultado oficioso.

Pero…

El Sol, 16 de junio de 1925

Nuevo giro argumental. Veenstra y Quersin aseguran que no descendieron en el mar, sino en tierra. Habrían caído sobre el cabo Touriñán, donde habrían permanecido ¡cuatro minutos! antes de que una ráfaga de viento arrastrase el ingenio al mar: suficientes para ser considerados los justos receptores de la copa.

Para demostrar la veracidad de su versión, los aeronautas belgas se han desplazado hasta el lugar del aterrizaje, donde habrían quedado cuerdas y anclas de aterrizaje.

Esto fue lo que contó el diario madrileño El Sol, el 16 de junio: misma fecha en que el vigués Galicia recogía la más minuciosa noticia publicada sobre la travesía del Prince Leopold.

Galicia, 16 de junio de 1925

La firma José Díez de Isla. Ocupando casi toda la primera plana del diario, el cronista dibuja un gran fresco en el que no se olvida ni de describir a los aviadores y su indumentaria ni de rememorar sus biografías. También relata la acogida dispensada por los habitantes de la ciudad olívica («ni causaron expectación ni despertaron curiosidad») y, sobre la base de las anotaciones del diario de abordo y de sus propias conversaciones en francés con los nautas, traza un pormenorizado resumen del viaje desde que el esférico se elevó majestuoso a las diez y veinte de la noche de un domingo bruselense.

Bástenos resumir para nuestra historia que, no sin cierta angustia tras tantas horas de vuelo sobre el océano en las que tuvieron que recurrir a balones de oxígeno y respirar artificialmente (volando a una altura de 4.000 metros), el Prince Leopold pudo divisar tierra y después posarse a las nueve y cincuenta de la noche al pie de unas rocas en la costa de Cuño, en Touriñán. Su posición les hacía imposible desinflar el globo, con lo que Quersin sale de la barquilla para guiarlo a un punto más fácil. Fue entonces cuando una fuertísima ráfaga de viento arrastra el artefacto al mar, poniendo a Quersin en serio peligro de ahogamiento hasta que el fornido Veenstra logra subirlo a bordo cogiéndolo por la solapa de la americana. Les esperan entonces seis terribles horas a la deriva, sin víveres, sedientos, ocultos por una niebla espesa hasta que a las dos de la madrugada sus voces de auxilio son escuchadas por el patrón del Fernando Cardona mientras capeaba seis millas al norte de Corrubedo, el cual se lanza a buscarlos y las pasa putas. Concluido el mal trago, ya con los náufragos a bordo, Quersin sacará de su maleta una botella de champán, la descorchará y brindará con Veenstra y con los marinos gallegos.

Y aquí nos gustaría plantar un bonito final feliz, pero hay veces en que la realidad desbarata cualquier afán de equilibrio propio de las obras de ficción y esta es una de ellas:

The Sun, 20 de junio de 1925

Lo que nos faltaba. O, como dice el refrán, éramos pocos y parió la abuela. La joven promesa Ward Van Orman presenta una protesta formal ante la organización que suspende automáticamente cualquier concesión del premio. Y es que el piloto yanqui está disconforme con su descalificación al asegurar que en su certero aterrizaje nocturno sobre la cubierta del Vaterland no recibió ningún tipo de asistencia. Sus 709 kilómetros de travesía lo harían a su juicio acreedor del triunfo.

Así que ya tenemos tres candidatos: Veenstra, Demuyter y ahora Van Orman. «Who won the race?». «¿Quién ganó la carrera?». Es es precisamente lo que se preguntaba atribulado el Western Daily Press. La copia de la página que tenemos es demasiada mala para reproducirla aquí. Así que colgamos esta otra:

The Portsmouth Evening News, 1 de julio de 1925

El despiporre. Resulta que otro aeronauta belga de nombre Leon Gheude [amigote de Demuyter según leemos por ahí] se vino hasta Muxía y Camariñas para verificar las circunstancias del aterrizaje del Prince Leopold. Y, tras recoger los testimonios de cuatro pescadores locales (Manuel Martínez, Ramón Lineiro, José Santiago y Vicente Paz), remite una carta abierta al presidente del comité organizador negando cualquier evidencia de que la aeronave hubiera sido vista pisando tierra.

En fin. Para ir abreviando. ¿Quiénes se acabaron por adjudicar la décimo cuarta edición de la Copa Gordon Bennett?

Ellos

Ellos son Alexander Veenstra y Philippe Quersin en una fotografía tomada poco antes de tomar la salida en Bruselas. A bordo del Prince Leopold, completaron una distancia de 1.345 quilómetros (prácticamente el doble que el segundo clasificado: el equipo Demuyter/Coeckelbergh; Van Orman no logró levantar su descalificación pero se resarciría ganando al año siguiente) tras invertir un tiempo de 47 horas con 30 minutos. La repanocha.

¡Bravo por ellos! ¡Y bravo por los treinta hombres y mujeres que a partir de hoy se disponen a revivir esta maravillosa aventura! ¡El sueño irreductible de un dandi!

¡Suerte!