«Corrubedo: En plena costa brava; al fondo los almacenes»

Dicen que la necesidad agudiza el ingenio y seguramente de eso algo hubo el 12 de marzo de 1930 cuando el periódico vigués El Pueblo Gallego ─fundado seis años antes─ publicó en menos de dos páginas nada menos que cuatro reportajes centrados en otras tantas localidades del ayuntamiento de Ribeira… acompañadas de veinticinco anuncios donde ultramarinos, bares, panaderías, fábricas de conservas, empresas de autos de alquiler y vendedoras de fábricas de coser —todos ellos negocios de esta zona— enseñaban sus variopintas virtudes.

Sabemos que la industria publicitaria nunca deja de exprimirse las meninges en su búsqueda incesante de disparar la dopamina de los consumidores potenciales de los servicios y productos que pretenden colocar en el mercado. Amaneciendo los años treinta del siglo pasado ya era lo suficientemente sofisticada —al menos en los periódicos menos encorsetados, y tal era el caso del que impulsó en 1924 el político liberal Manuel Portela Valladares— como para juntar información y promoción en un solo golpe de vista, utilizando una estrategia que se perfeccionaría en los consabidos cuadernillos especiales lanzados con ocasión de fiestas, ferias y demás eventos: arriba el itinerario del santo que los vecinos van a pasear en procesión, abajo las señas de la pulpería y el tascucio de la plaza de la iglesia.

Claro: para que la idea cuaje debe haber mentes pensantes que ejecuten el ímprobo trabajo de redactar los textos periodísticos. En el caso de los cuatro reportajes mencionados, sus firmantes fueron «Bautista M. Lemiña», «M.L.», «Bautista Martínez» y «Tis-ta-bau». No hacer falta ser ningún sabueso para deducir que detrás se escondía la misma persona, que no era otra que el polifacético ribeirense (fue maestro, periodista, ilustrador, relojero y director de banda de música) Juan Bautista Martínez Lemiña, de quien ya habíamos hablado aquí hace casi nueve años.

Lemiña, sosteniendo la batuta

El texto principal lleva por título «Riveira «La pobre».- Industria, comercio y urbanización;- Igualdades y comparaciones», precedida del antetítulo «¿Envidia o caridad?». Otro, «Palmeira es «algo más» de lo que dicen los «críticos»». Un tercero, «Castiñeiras (Riveira) es mal interpretado». Y el que nos interesa: «Corrubedo pueblo de valientes», donde se agolpan marinos bizarros, olas montañosas sobre escollos de cuarzo y frágiles barcuchos que roban vidas a la muerte, confeccionando así un mosaico de modesta heroicidad local con que echar por tierra la injusta leyenda negra que durante tanto tiempo nos persiguió.

Lo reproducimos:

CORRUBEDO PUEBLO DE VALIENTES

«El pueblo de Corrubedo, lugar situado a nueve kilómetros de Riveira y a cuyo ayuntamiento pertenece, es un sitio de marinos bizarros; es la aldehuela costeril la cual oculta en su corazón el tenebroso aspecto de la muerte. Es, en fin, ese especie de antro misterioso, pero limpio, cuya cúpula ondea un eco fatídico que constantemente brama amenazador.

Es el famoso Corrubedo de la historia; es el Corrubedo temerario que está bordeado por la llamada «Costa de la Muerte». En las cercanías de este pueblo miles de barcos de potente fuerza y numeroso tonelaje han sucumbido por la imposibilidad de salvación; han entregado al inmenso mar sus terribles costillas de acero y sus poderosas corazas sin que la fuerza de sus máquinas llegasen a competir con la bravura de las olas. Allí, en las pedregosas playas, en las montañosas faldas que comunican con el mar y en las planicies de su centro que aun siendo pocas están igualmente amenazadas por la guadaña mortal, halla el poeta inspiración, el turista admiración, el turista asunto, el transeunte descanso, el habitante sorpresa y el marino… ¡muerte!

No queremos pararnos en amontonar detalles y emborronar cuartillas; solo unos breves datos son los que nos faltan para finalizar nuestra glosa que, aun poco importante en sí, tiene su interés general debido a lo raro de su expresión que no adornamos y copiamos con la tosquedad que se escribió cuando unas montañosas olas parecían abordarnos al estrellarse sobre grandes escollos de cuarzo.

Fáltanos agregar que Corrubedo es un pueblo de valientes, un pueblo culto en su mayor totalidad y sobre todo poseedor de iniciativas. Cuando la desgracia impele hacia el lugar de un posible peligro, los marinos corrubedanos no ven en la mar al enemigo impasible; ven, sí, a varios semejantes que luchan por salvar esa vida que tanto se aprecia y que la muerte, en figura de verdosas olas, trata de arrebatarles, mas los valientes hijos de Corrubedo, siempre alerta y dispuestos a jugar el todo por el todo, con frágiles barcuchos que ellos manejan cual si fuesen correos, roban si pueden esas vidas en peligro a la muerte que acecha regresando a tierra llenos de satisfacción y nada orgullosos de su obra magnífica y humana. Por otra parte, en este pedazo del distrito riveireño no falta iniciativa; sóbrale valor para establecer industria (que ya posee) y está precedido de gran talento comercial como lo demuestra su numeroso comercio.

Esto es Corrubedo: un pueblo de valientes llenos de nobleza a quienes el murmullo constante del chocar de las olas no les intimida ni asusta y, por el contrario, les proporciona valor y sentimientos.»

BAUTISTA MARTÍNEZ

Lemiña se las apañó para conseguir también seis fotografías, una de las cuales muestra nuestro puerto y es la que —con algo más de resolución— hemos publicado encabezando este post, junto al pie de foto alusivo: «Corrubedo: En plena costa brava; al fondo los almacenes» [no en vano, en el encuadre se divisan tres de las fábricas de salazón que se erigieron aquí, por la parte de la playa de A Robeiriña].

¿Y qué hay de los anuncios? De los veinticinco pequeños recuadros albergados en la mitad inferior de la primera de las páginas, dos proceden de nuestro pueblo.

En franca competencia se debatían José Benito Maneiro ─con sus ultramarinos finos y sus vinos y licores de las mejores marcas─ y Manuel García Pérez, quien desde ‘El Escorial’ vendía ultramarinos finos y licores selectos y surtidos, pero también paquetería y quincalla.

Ya había aplaudido Bautista en su texto nuestro gran talento comercial. Aquí un par de muestras.