Decía el activista político jamaicano Marcus Garvey que «un pueblo sin el conocimiento de su historia, origen y cultura es como un árbol sin raíces». Creemos que no le faltaba razón al ─por otra parte─ controvertido promotor del movimiento rastafari e inspirador de Malcolm X o Nelson Mandela. Por eso tenemos que apreciar en todo su valor el nuevo libro que nos acaba de regalar Francisco Sánchez Fraga.

Quien suela frecuentar la rica vida social en torno a nuestro puerto o, al menos, las páginas de este humilde blog, seguro que conoce a nuestro protagonista. Como historiador (él dice que aficionado, pero es bastante más que eso) ha dedicado unos cuantos volúmenes a desentrañar desde los ángulos más diversos los entresijos de Corrubedo, a base de escudriñar en todo tipo de fuentes documentales y de apelar a la memoria de nuestros vecinos más sabios y/o longevos. Por ejemplo, Santa María del Cabo de Corrubedo (coto del mismo nombre) y Corrubedo en verso y prosa, ambos editados por la Deputación Provincial de A Coruña; o Corrubedo. El territorio y su gente y Corrubedo 11 siglos. Un año de celebraciones, impresos por el Ayuntamiento de Ribeira; o también Expediente Debonair, coescrito con Fernando Vilariño y con un servidor. Todos ellos están disponibles en la Biblioteca Municipal de Ribeira y aún hay un Mar de vida, mar de muerte en autoedición limitada para la Asociación Corrubedo XI Siglos.

Ahora, con la publicación de La escuela en Corrubedo (1894-1999), Francisco profundiza como nunca antes en el auge, esplendor y ocaso de la actividad educativa dentro de los límites de nuestra parroquia, dando otro paso más ─pero uno bien grande, por la importancia de la materia estudiada─ en el afán de que la historia, origen y cultura de este cabo y de este pueblo constituyan un árbol frondoso de vigorosas raíces del que nosotros y nuestros descendientes vamos a tener la oportunidad de sacar provecho.

El profesor Matías Villanueva con sus alumnos en la playa de A Robeira en 1929

Lejos de nuestra intención desmenuzar las 150 páginas de que consta el libro, pero no nos resistiremos a trasladar aquí algunas impresiones después haberlo leído durante esta semana, siquiera para tratar de avivar la curiosidad y el interés que de por sí tiene.

Ya los años entre paréntesis nos dan una pista. El libro abarca desde la creación en 1894 de la primera escuela mixta que hubo en el pueblo hasta la última promoción de alumnos que en 1999 asistieron al colegio Álvaro Cunqueiro (O Grupo, para entendernos, donde hoy se ubican Correos, la Comunidad de Aguas y el Centro Social) antes del traslado total a Olveira. Poco más de un siglo en el que el autor ha sido capaz de rastrear la identidad de más de ochenta maestras y maestros que han moldeado las mentes de los miles de niños que han crecido aquí en sucesivas generaciones [anteponemos a las maestras con toda intención, pues hubo que esperar hasta 1907 para que recalase en Corrubedo el primer docente varón… y es que las mujeres cobraban por aquel entonces un tercio menos de salario que la administración prefería ahorrarse].

Conforme pasamos las primeras páginas nos vamos impregnando de una vida dura, con mucha mortalidad infantil y altos índices de analfabetismo y absentismo escolar, cuestión esta última que supuso un quebradero de cabeza para más de un profesor. Por aquel entonces, las clases se prolongaban durante todo el año, salvo por episodios de fuerza mayor como la epidemia de peste surgida en el norte de Portugal (y agravada con tifus y viruela) que obligó a cerrar las aulas en el verano de 1899.

Capítulo aparte merece la creación de la escuela del Pósito de Pescadores prácticamente al alimón del nacimiento de esta entidad en 1924. Su apertura (con el torrero Antonio Pérez Díaz como primer profesor, compaginando su oficio en el faro con la acción docente) permitió que muchos de nuestros ancestros aprendiesen útiles conocimientos específicos que, junto a su tempranísima inmersión en los trabajos del mar ─con 10 años ya ayudaban en las dornas─, los situó entre los mejores y más codiciados profesionales por los armadores de los puertos punteros. La labor de este centro fue heredada en cierta medida por una escuela de orientación marítima y pesquera en 1946.

Antes, claro, hubo la Guerra Civil, que sajó los principios pedagógicos de la Segunda República en favor de una educación moralista y autoritaria. Francisco cuenta cómo ya en febrero de 1937 se recibieron instrucciones de colgar el retrato de Franco en las escuelas y ensalzar su figura. También revela el resultado de tres expedientes de depuración tramitados por los vencedores: los profesores Andrés Filgueira Paz y Concepción Villar Paz fueron confirmados en sus cargos en Corrubedo, pero no tuvo tanta suerte Antonio Ayaso Paz, castigado con traslado forzoso, prohibición de solicitar puestos vacantes durante un año e inhabilitación para desempeñar cargos directivos y de confianza en instituciones culturales y de enseñanza. Por suerte, pudo continuar su carrera en Boqueixón y en la zona de Padrón hasta los años setenta.

Además de perseguir la huellas de la enseñanza oficial en nuestra parroquia (contextualizando los datos recolectados con una agradecida explicación de las leyes educativas vigentes en las distintas épocas), el autor también se detiene en la panoplia de escuelas privadas (escolas do ferrado, porque en ellas a menudo se pagaba en especie) que ayudaron a alimentar nuestra materia gris: las de tía Consuelo, tía Pepita, tía Elvira, tío Pérez, tío José María… Mención aparte para las que eran ilegales o, cuando menos, carecían de autorización, alguna de las cuales operó durante décadas (como la de Manuel Prego Pérez O Manco), señal de que pese a todo satisfacían las expectativas de los progenitores que enviaban allí a su prole.

Alumnado de la escuela de tía Pepita

Con la dictadura también llegó un declive poblacional que aún perdura: de 2.042 habitantes en el censo de 1930 a poco más de 700 que somos hoy. El descenso precipitó la desaparición de la enseñanza pública en nuestra localidad, pero antes hemos de destacar la construcción en 1949 del edificio de O Grupo con el fin de centralizar la docencia oficial.

Fueron tiempos de queso y leche en polvo repartidos por los estadounidenses para que los niños españoles pudieran engañar el hambre; de familias emigrando a otros puertos más boyantes de Galicia o Euskadi; de marchar al seminario si eras hombre y valías para estudiar. Mal que bien, con el tiempo Corrubedo se sobrepuso, pero la actividad educativa quedó sentenciada. Un dato revelador que refiere Francisco: de los 2.190 nacidos en el municipio de Ribeira entre 1976 y 1980, solo 57 [el 2,6%] pertenecían a nuestra parroquia. Así que el nuevo colegio de Olveira fue absorbiendo cada vez más cursos entre la sangría demográfica y el abandono institucional de las instalaciones de O Grupo. Algunos recordamos aquellas liguillas veraniegas en el patio de tierra del colegio donde solo los más valientes osaban lanzarse al suelo y despellejarse las piernas. Dentro del maloliente edificio, la estampa era aún peor, y tuvo su momento más lamentable con el derrumbe del falso techo en 1992, que obligó a trasladar temporalmente las clases a la Casa do Mar. Tras el curso de 1999, con solo 5 alumnos, el Álvaro Cunqueiro cerró sus puertas para siempre. [Por cierto que, según descubrimos en el libro, no solo la Casa do Mar, sino que el mismísimo faro de Corrubedo sirvió de aula, sumándole un segundo uso ─y aún hubo un tercero digamos que clandestino del que esperamos escribir algún día─ al de señal marítima ¿Lo veremos algún día transformado en hotel?]

Curso 1982-1983 en el exterior de O Grupo

En definitiva. Estamos ante un trabajo completísimo, con información contrastada [el propio Sánchez Fraga señala en el epílogo que no daba por bueno un nombre si no tenía al menos dos fuentes] y enriquecido con abundantes fotografías históricas ─hay quienes podrán reconocer a sus padres, sus primos, sus abuelos, sus amigos o a ellos mismos─, buena parte de las cuales proceden del archivo de Fernando Vilariño, quien también aportó una relación de maestros junto a José Manuel Pérez Lustres Chenel. Como indicamos al principio, a una exhaustiva investigación documental Francisco le añadió un formidable labor de campo recogiendo los testimonios de antiguos alumnos y profesores [impagable la anécdota de José Antonio Mariño Arcos en torno a un contenedor de tabaco], incluyendo a Fernando Cabeza Quiles, de quien escribimos el año pasado por revelarnos el verdadero (e inesperado) origen etimológico de Corrubedo.

Aunque si hay un maestro que brilla con luz especial, ese es José Janza Valladares, quien impartió clases en el pueblo entre 1964 y 1968. Él es quien figura en la imagen de la portada con un libro en la mano, acompañado de sus jóvenes alumnos. Y él es quien, superados los 90 años de edad, ocupa la última foto del volumen, tomada el verano pasado en la terraza de O Pósito junto a algunos de sus antiguos ─y hoy talludos─ pupilos.

La escuela de Corrubedo se ha publicado en una edición limitada, pero pronto estará disponible en la Biblioteca Municipal de Ribeira. No lo duden: cógenla prestada.