El cartel promocional para su versión en italiano

El estreno se produjo en abril de 1966. Y lo que a priori se antojaba otro spaguetti western más, uno de tantos, resultó un fabuloso éxito comercial y enseguida empezó a cobrar estatus de peli de culto. Puede que fuera por la violencia de sus imágenes (en Reino Unido estuvo prohibida hasta 1993). O puede que por el magnetismo de su protagonista, un novel Franco Nero, italiano de ojos azules catapultado a icono pop que en los años venideros habría de vivir romances con actrices inglesas (Vanessa Redgrave), estadounidenses (Goldie Hawn), francesas (Catherine Deneuve) y suizas (Ursula Andress).

El caso es que, con la Trilogía del Dolar de Sergio Leone, con Hasta que llegó su hora y con muy pocas más, Django es una de las referentes indubitables de ese hijo bastardo de los westerns yanquis parido en medio de los cactus de Almería. Tal fue el éxito del filme que se llegaron a rodar más de treinta secuelas, aunque solo una oficial: El regreso de un héroe (1987), donde Franco Nero se reencuentra con el director, Sergio Corbucci.

Es sabido que Quentin Tarantino, fan confeso, le rindió su personal homenaje y lo llamó Django Desencadenado. Fue su séptimo trabajo, rodado en 2012 con Jamie Foxx como protagonista y Leonardo DiCaprio haciendo de villano: un terrateniente sureño racista y cruel aficionado a las peleas de esclavos. En esta cinta, el bueno de Franco Nero hace un cameo.

Pero, ¿alguien recuerda al villano del Django original?

De eso va este post.

De eso, y de la curiosa conexión de este actor con Corrubedo.

Comienza la película

La escena inicial es inolvidable. Un hombre solitario camina por el desierto arrastrando un ataúd. En el trayecto se topa con una damisela en apuros. La atrapan unos mejicanos y la atan a los maderos de un pozo. «A los animales salvajes le damos una paliza cuando se vuelven contra nosotros», le espeta su cabecilla. Tiene toda la pinta de que ella es una prostituta que se les ha escapado. El cabecilla le desgarra el vestido por la espalda y comienza a marcarla a latigazos. La sangre brota. El hombre solitario contempla impávido el correctivo. No se entromete. Pero, de repente, suenan unos disparos y los mejicanos caen muertos. ¿Ha sido el hombre solitario? No. Aparecen cinco cowboys ataviados con sendos pañuelos de un rojo encarnado. Después de matar a los mejicanos, desatan a la mujer. ¿Salvada? En absoluto. Con dos maderos y un pañuelo montan una cruz. Uno de los cowboys se cubre la cabeza con un verdugo del mismo color. «Las llamas purificarán tus pecados», se escucha. Entonces sí, el hombre solitario decide entrometerse. Se aproxima con su ataúd.
¿Qué cementerio te escupió? Si vas a enterrar estos cadáveres date prisa y guarda silencio.
—Pero me gusta conversar.
—Parece que tienes muchísima prisa en acabar en ese ataúd que andas arrastrando.
—Tal vez sí.
—Eres del norte.
—Luché por el norte,
—No nos gustan los que lucharon por el norte. Esto es el sur.

El diálogo no dura mucho más. El hombre solitario saca su revolver y acaba con sus oponentes. Se acerca a la chica. Le dice: «Mi nombre es Django. Mientras estés conmigo nadie te hará daño». Ella duda. Él la intenta convencer. Le pregunta su nombre. Se llama María.

Pero uno de los cowboys no ha muerto, solo está malherido. Se arrastra con sigilo. Intenta coger una pistola. Django lo ve y no duda en disparar primero. Con el impacto, el otro cae por un talud y se hunde en arenas movedizas. Lo último que vemos en la escena es su pañuelo rojo tragado por el fango. La prenda con su color encendido viene a ser el distintivo de una especie de banda pseudomilitar imbuida de un extraño fanatismo religioso y liderada por un antiguo oficial del Ejército Confederado: el sádico mayor Jackson. Él es el malo de la película. A lo largo de los 93 minutos que dura el metraje, Django irá liquidando a sucesivos miembros de la banda [el contenido del féretro será un aliado valioso en esta empresa] hasta medirse al gran jefe en la escena final.

Franco Nero está agazapado tras la cruz de un cementerio. Los dedos rotos.

Su némesis firma en los créditos como Eduardo Fajardo.

El mayor Jackson encañona a Django con su escopeta

Eduardo Martínez Fajardo. Ese era el nombre completo del villano de Django. Uno de los numerosísimos actores patrios que enriquecían el reparto de los copiosos spaguetti westerns rodados en España.

Vamos con unas pinceladas biográficas. Eduardo fue gallego por muy poco: nació en Meis el 14 de agosto de 1924 [hoy se cumplen, por tanto, 102 años de su alumbramiento], pero con solo ocho días de vida se traslada con sus padres a La Rioja. Después, en su adolescencia, lo hace a Santander, donde cursa el bachillerato. Con dieciocho años marcha él solo a Madrid para estudiar leyes y, de paso, ingresa en la industria cinematográfica como actor de doblaje. John Wayne, Clark Gable y, sobre todo, Orson Welles hablarían con su voz en los cines españoles de la época.

En 1945 debuta como actor de reparto. Lo hace con Dulcinea, de Luis Arroyo. Una película hoy olvidada, al igual que la mayoría de las que hará en los siguientes seis años, interpretando papeles secundarios —a veces, sin acreditar— mientras los focos se dirigen a estrellas en ciernes como Fernando Fernán Gómez, Fernando Rey, Autora Bautista, Adolfo Marsillach, José Isbert o Sara Montiel.

La imagen del actor en IMDB

En 1954 emigra a México, donde se establecerá durante una década, compaginando películas para el cine (por ejemplo, Las hijas del Zorro) con trabajos para la televisión. Comparte filmes con figuras como María Félix, Katy Jurado e, incluso, Pedro Infante, quien será el padrino de uno de sus hijos. Tras enviudar regresa a España y se especializa por un tiempo en el subgénero del spaguetti westernDjango, pero también Trampa para un forajido, Una tumba para el sheriff, Los cuatro salvajes, Con el corazón en la garganta, Apocalipsis Joe, Winchester: uno entre mil, Pagó cara su muerte, Gentleman Jo o Reza por tu alma… y muere. Casi siempre haciendo de villano.

En las décadas de los setenta y ochenta incursiona en el cine de destape (Polvos mágicos, Mayra, el ángel negro, Las adolescentes, El despertar de los sentidos, El lago de las vírgenes) e interviene en series de televisión (papeles puntuales en Curro Jiménez y Turno de Oficio; un papel fijo en Los gozos y las sombras).

Con el cambio de milenio abandona para siempre los platós. Los últimos años los pasa en su querida Almería y es objeto de cariñosos homenajes por su trayectoria. Muere en México el 3 de julio de 1919, entrando en los anales del séptimo arte como uno de los actores españoles más prolíficos: 183 películas, 75 obras de teatro y alrededor de 2.000 participaciones televisivas.

Un estajanovista del oficio.

Hasta aquí, su biografía. Y ahora… ¿dónde encaja Corrubedo en todo esto?

As fábricas de Corrubedo, de Andavira Editora

La clave está en este libro. As fábricas de Corrubedo, de Santiago Llovo Taboada. Un pie de página en este volumen nos puso sobre la pista de esta historia.

Debemos remontarnos a finales del siglo XIX y mencionar a un ferrolano llamado Victorino Fajardo González, que había recalado en Corrubedo como jefe del puesto de carabineros. Antes había estado destinado en Mallorca, donde se casó con Ana María Coll Mercadall, con la que tuvo cuatro hijos.

Los intereses de Victorino, apodado O Fangorro, no solo pasaban por velar por el orden público en el pueblo. En 1897 adquiere una de las fábricas de salazón situadas frente a la playa de A Robeira, que por entonces era conocida como playa das Lanchas. Esta de aquí:

La fábrica, en el centro de la imagen

En 1903 apodera a su hijo José Fajardo Coll para que administre sus negocios. Sin embargo, al año siguiente vende parte de sus propiedades —entre ellas, la fábrica— a un viejo conocido de este blog: José Martínez Fernández. Pero con una particularidad. Victorino se reserva la facultad de recuperarla al cabo de dos años por el importe de la venta más gastos. El 5 de febrero de 1906 la hace efectiva y al día siguiente traspasa el almacén a la esposa de José Fajardo. Él será de facto quien se haga cargo de la explotación en los siguientes ocho años, aun a pesar de haberla enajenado en 1908 a la pobrense María Josefa Martínez Suárez.

En 1914, José Fajardo Coll compra otra fábrica de salazón: la que ahora ocupa la Casa del Cantón dominando la playa de O Prado. También ejerce de concejal bajo la alcaldía de Emilio Colomer Soler en su segundo mandato (1919-1923). A partir de entonces le perdemos la pista.

O casi.

Y ahora no podemos reprimir un escalofrío cada vez que leemos su nombre porque tuvimos el mal fario de encontrar una noticia un poco posterior.

Juzguen ustedes si quieren:

Galicia Nueva, 29 de mayo de 1924

José no fue el único hermano dedicado a hacer negocios en Corrubedo. También debemos mencionar a Rosa Fajardo Coll, nacida en la localidad mallorquina de Sóller en 1883.

Si acudimos al Archivo Histórico de Ribeira y consultamos sus matrículas de contribución industrial [antiguos registros municipales en los que se recogían todos los establecimientos comerciales del ayuntamiento y los impuestos que debían pagar] comprobaremos que Rosa Fajardo regentó en nuestro pueblo una tienda de comestibles entre 1916 y 1924. Es decir, venía a ser una suerte de Nardita o de Rocío de la época.

Matrícula de contribución industrial del Ayuntamiento de Ribeira del año 1916
1917
1918
1919
1920-1921
1921-1922
1922-1923
1923-1924

Y aún hubo un último apunte dentro de las matrículas de contribución industrial. En la correspondiente a 1924-1925, su nombre viene asociado a otra actividad. La de «Tejidos lana y algodón».

Rosa se había reciclado en una Eva Dorca.

1924-1925

Pero su nueva aventura empresarial tuvo que ser muy efímera, si nos atenemos a que, como vimos arriba, su hijo Eduardo [pues fue ella y no otra la madre del actor] nació el 14 de agosto de 1924 y solo ocho días después la familia emigró a La Rioja… Pensándolo en frío y echando cuentas, no resulta para nada descabellado imaginar que, mientras una Rosa en estado de buena esperanza despachaba paños y refajos a las vecinas de Corrubedo, el futuro villano de Django nadaba en líquido amniótico, resguardado en la placidez del útero materno, intuyendo el sonido del mar, de nuestro mar.

El padre se llamaba Eduardo Martínez Linde. De profesión, carabinero. Murió cuando su hijo tenía nueve años. Luego la madre marchó con el crío a Santander y fundó un establecimiento de productos lácteos. Falleció el 24 de mayo de 1962 en Ciudad de México —la tierra donde trabajaba el intérprete en aquel momento— a la edad de 78 años.

«No resulta para nada descabellado imaginar que, mientras una Rosa en estado de buena esperanza despachaba paños y refajos a las vecinas de Corrubedo, el futuro villano de Django buceaba en líquido amniótico, resguardado en la placidez del útero materno, intuyendo el sonido del mar, de nuestro mar»

Django/Zorro

Sesenta años después del estreno, Django está bien vivo. Ahora mismo se halla en preproducción el rodaje de un crossover entre este personaje y El Zorro, basado en una colección de cómics coescrita, junto a otros, por Quentin Tarantino.

Se especula con que Jamie Foxx pueda repetir papel, al igual que Antonio Banderas como don Diego De la Vega.

¿El villano?

Habrá que esperar para saberlo.

[Algunas fuentes consultadas: «As fábricas de Corrubedo» (Santiago Llovo Taboada), «Ribeira hai 100 anos a través do libro de plenos de 1920» (Barbantia. Anuario de Estudos do Barbanza. Ano 2020), Arquivo Municipal de Ribeira (Galiciana), «Necrológica de Eduardo Fajardo» (La abadía del berzano) y «Eduardo Fajardo» (IMDB]