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VERTICALES
A— Cabo español en el Atlántico.

Seguramente habrá más. Pero he aquí el único crucigrama que nos hemos encontrado cuyo autor ha tenido bien pensar en nosotros a la hora de construir una de estas entretenidas composiciones. Pertenece a El Noticiero de Cartagena, extinto periódico vespertino que estuvo funcionando entre 1891 y 1973. Con el número 311, el juego se publicó el sábado 10 de diciembre de 1971, en su página 7, en una edición cuya primera plana anunciaba en grandes titulares que los berlineses occidentales podrían traspasar el muro de visita, en tanto que una fotografía en la parte inferior izquierda mostraba en Estocolmo a los nuevos Nobel, con Pablo Neruda entre ellos.

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Aunque el invento se ha atribuido a muchos padres (le pasa como al futbolín, del que todos sabemos que su auténtico creador fue Alexandre de Fisterra), está más o menos estipulado que el primer crucigrama moderno se publicó el 21 de diciembre de 1913 en el New York World, influyente diario que nosotros ya hemos traído a este blog al hilo del naufragio del ballenero noruego Hvalen.

El autor del ingenio se llamaba Arthur Wynne (1871-1945). Era un periodista hijo de periodista que había emigrado a América desde su Inglaterra natal con diecinueve años. Superaba los cuarenta cuando fue contratado por el periódico neoryorkino como redactor jefe.  Un día de invierno fue apremiado a cubrir con algún nuevo pasatiempo un espacio vacío en el suplemento dominical Fun. El resultado lo tenéis arriba: con forma de diamante y sin los típicos cuadros negros separativos, pero ya un crucigrama en su esencia.

El puzzle tuvo tal éxito que pronto los bibliotecarios de la metrópoli se vieron sobrepasados por la cantidad de no habituales que se dejaban caer por sus instalaciones a la busca de esa maldita palabra que se les atragantaba. Enseguida se expandió al resto de periódicos de la metrópoli. El que más se resistió fue The New York Times, que lo introdujo el 5 de febrero de 1942 una vez constatada su balsámica capacidad como válvula de escape durante las sombrías horas de apagón que siguieron a la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

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El crucigrama había llegado a España el 22 de marzo de 1925. Su estreno tuvo lugar en la página 53 de la revista Blanco y Negro bajo la denominación «rompecabezas de las palabras cruzadas». En la página 52, el periodista Antonio Luis, corresponsal en Londres, quien ya había escrito una crónica sobre la «nueva fiebre» importada de los Estados Unidos que padecían los ciudadanos de la capital inglesa, enumeraba una serie de consejos a la hora de afrontar el juego («Háganse los primeros ensayos a lápiz. La última definición del optimista es: “El hombre que trata de solucionar un puzzle de palabras cruzadas con una pluma estilográfica”).

Al principio los crucigramas patrios fueron anónimos. Luego empezaron a aflorar nombres propios y seudónimos. Entre los primeros, Conchita Montes (en La Codorniz) o Pedro Ocón de Oro (YaABC). Entre los segundos Cova (ABC), Peko (El País) o Tísner (La Vanguardia). A menudo los arcanos de esta intrincada disciplina se transmitían de padres a hijos.

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Siendo como era un periódico de provincias, el casillero de El Noticiero de Cartagena que incluyó eso de «cabo español en el Atlántico» ocupando toda la primera línea vertical fue compuesto por alguien con bastante menos notoriedad entre la singular cofradía. Se hacía llamar Jolape y publicó su primer crucigrama en el diario murciano el 10 de noviembre de 1969.

Como suele ser habitual en esta clase de entretenimientos, en la siguiente edición se resolvían, justo debajo de un nuevo reto:

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Aquí está. La solución al número 311 con «Corrubedo» como palabra escondida debajo de la primera línea vertical.

La cosa quedaría así:

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Los acertijos de Jolape solo aguantaron dos números más, hasta el 313. No obstante, su autor siguió en el periódico otro medio año: era también un fotógrafo colaborador que firmaba como Lazareno, retratista habitual en los partidos del Cartagena de aquella época.

¿Qua cómo lo sabemos? Una vez introdujo su apellido en su juego, en un crucigrama especial para felicitar la Navidad. Y, por una vez, omitió ofrecernos la solución al día siguiente. No nos quedó más remedio que aceptar el desafío, y resolverlo.

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