
Cerrad los ojos y tratad de imaginar la primera vez que un coche circuló por los tortuosos caminos que conducen a Corrubedo. Para los vecinos tuvo que ser un momento inolvidable, mezcla de temor y fascinación, poco menos que comparable a cuando los indios americanos vieron desembarcar a finales del siglo XV a aquellas criaturas míticas, mitad caballo mitad hombre barbado con armadura. La irrupción del automóvil en la sociedad ha inspirado obras maravillosas, como la novela Los rateros (también llamada La escapada), de William Faulkner, viaje iniciático por el profundo sur a bordo de un coche robado, o como la película La balada de Cable Hogue, de Sam Peckinpah, metáfora de la domesticación del salvaje oeste.
Nos gustaría hablar de la llegada del automóvil a nuestro pueblo. ¿Sabemos cuándo fue? ¿Quién lo conducía? Sin testigos de primera mano, nos resulta complicado saberlo a ciencia cierta. Es posible que fuese el político y editor periodístico Rafael Gasset Chinchilla, de quien dicen que en las elecciones al Congreso de los Diputados de 1910 recorría en su automóvil los colegios de A Pobra y pedía la expulsión de algunos notarios.
No obstante, hoy queremos rememorar las vivencias de otro pionero de la conducción.

Antes de entrar en materia vamos a empezar una vez más con un naufragio. Uno de los más espeluznantes de cuantos sucedieron en estas costas: el del vapor Santa Isabel, embarrancado en la madrugada del 2 de enero de 1921 en la isla de Sálvora y que ha pasado a la historia como el Titanic gallego.
No nos vamos a explayar aquí sobre las circunstancias de aquel terrible accidente marítimo que dejó 213 muertos. De ello se ocupan prolijamente libros como Sálvora. Memoria dun naufraxio, de Xosé María Fernández Pazos; o la novela Noite de temporal, de Manuel Núñez Singala; amén de inspirar el largometraje La isla de las mentiras, de Paula Cons.
Pero sí nos queremos detener en uno de los muchos vecinos que —con las ‘Heroínas de Sálvora’ a la cabeza— ofrecieron su desinteresada ayuda a los supervivientes del siniestro. En este caso, al mismísimo capitán del barco, Esteban García Muñiz, aquejado de una grave neumonía. Nos referimos al médico de Ribeira Constantino Fariña Garabán. El galeno no dudó en poner a disposición su casa, donde convivía con su esposa y sus padres, para la convalecencia del deprimido capitán, y aún gestionó una entrevista con el periódico Faro de Vigo para que, recostado en el lecho entre almohadas y mantas, pudiera dar su testimonio sobre las causas de la catástrofe.
«Allí estaban también las esposas —relata el rotativo olívico en su edición del 20 de enero de 1921— de los dos médicos hermanos, D. Constantino y D. Francisco Fariña Garabán, verdaderas hermanas de la Caridad, que con los dos galenos referidos velaron por la salud del enfermo, noche y día, como si se tratase del ser más querido».

Quisimos empezar con esta escena porque los hechos que justifican esta historia sucedieron tan solo tres semanas después. Constituyen, hasta donde nosotros sabemos, la primera referencia escrita de un automóvil que hubiese pasado por Corrubedo: un lugar que, como escribimos en una ocasión, apenas estaba estrenando en aquellos tiempos infraestructuras viarias que lo comunicasen por tierra con el resto de Europa después de muchos siglos de aislamiento.
Lo cuenta el diario coruñés El Ideal Gallego. Cuando regresaba de Corrubedo a Ribeira en un automóvil de su propiedad y mientras atravesaba la parroquia de Artes, Constantino Fariña fue apedreado por unos chicos que se hallaban en la carretera, con tal mala suerte que uno de los proyectiles rompió el cristal del parabrisas e impactó en su frente, ocasionándole una herida de pronóstico reservado. En aquella excursión, el doctor estaba acompañado por su hermano Francisco [también era médico, como leímos arriba] y otros tres acompañantes.
La noticia revela que la Guardia Civil había logrado identificar al autor de la agresión: un chaval de once años llamado Francisco Mariño Casáis, que fue puesto a disposición del juzgado.

De la misma noticia hay otra versión según la cual el apedreamiento se habría producido en Corrubedo y el agredido habría sido, no Constantino, sino su hermano Francisco. Así lo afirman La Integridad y El Compostelano:

Damos más crédito a la primera versión, pero sea como fuere el asunto no acaba aquí. Porque, mientras ignoramos la marca del automóvil apedreado, sí que sabemos la del vehículo que el doctor Constantino iba a adquirir al año siguiente.
Así, el 22 de junio de 1922, El Ideal Gallego se hacía eco de la visita de un tal Marcelino Núñez, industrial compostelano, al Salón del Automóvil de Barcelona, que ha pasado a la historia como el primer salón de categoría internacional que hubo en España [sigue existiendo bajo el nombre de Automobile Barcelona]. Resulta que el tal Núñez era el representante en Galicia de la marca Buick y, según la noticia, se había hecho con cuatro coches de la exposición.
«Dos de ellos tuvo que cedérselos al médico de Santa Eugenia de Riveira D. Constantino Fariña Garabán y al propietario de Muros Sr. Sel —comenta el periódico, en probable alusión en este último caso al industrial del salazón Timoteo del Sel Helguero—. Son muy admirados los otros dos en el Garaje Central suyo, pues se trata de lo más selecto y acabado en coches de turismo».

Consultando el número nueve de la revista España Automóvil y Aeronáutica, descubrimos que en el citado salón (que recibió a 33.410 visitantes, incluyendo al rey Alfonso XIII y al general Miguel Primo de Rivera antes de su golpe de estado) se exhibieron dos modelos diferentes de la marca Buick en el stand A-25, con 4 y 6 cilindros y 18 y 27 caballos de potencia, respectivamente. Así que no sería exagerado deducir que o a unas características o a otras respondería el vehículo adoleciente de la siguiente noticia:

Pues sí. Dos años después volvió a sufrir un nuevo apedreamiento, esta vez mientras circulaba con su coche frente a la puerta de una taberna en la parroquia de Palmeira. Fariña resultó lesionado y su vehículo sufrió ligeros desperfectos.
Y como no hay dos sin tres…

Fariña regresaba de un partido de fútbol en Corrubedo (jugaron el Peninsular F.C. —nuestro equipo local— y el Sirves F.C. y perdimos 1-2) cuando un muchacho en Artes tuvo la ocurrencia de disparar una bombarda con una piedra en su interior. Otra vez se impactó en el parabrisas, pero no hubo daños de consideración.
El buen doctor que tantos cuidados había dispensado al capitán del Santa Isabel no debía de ganar para sustos (ni para arreglos). Y es que los vehículos a motor componían una fauna exigua y extraña en las polvorientas vías del Barbanza… y lo siguieron siendo incluso bastantes décadas después de la invención de Carl Benz.
De hecho, cuenta La Confirmation [la novela erótica ambientada en Corrubedo que Gianni Segre publicó en 1969 y deja al Lolita de Nabokov en un texto light] que el coche de L’Étranger —es decir, el extranjero protagonista del libro y alter ego del autor— había causado sensación entre los niños del pueblo porque allí solo un vecino disponía de vehículo. ¿A quién se referían?
Por supuesto. Al médico.
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