
Hace un lustro trajimos a este blog una entrada en la que reprodujimos algunas fotografías que de Corrubedo había mostrado la revista ilustrada Vida Gallega allá por los años veinte del pasado siglo. Para dar contexto al post, resumimos la historia de esta icónica publicación, fundada por un adinerado vigués que había estudiado la carrera de Derecho pero que, como en la canción de Robe Iniesta sobre los versos de Manolo Chinato, prefirió ser un indio que un importante abogado: Jaime Solá Mestre, nacido el 11 de septiembre de 1874 y fallecido tal día como hoy ─9 de enero─ de 1940.
Dicen que Solá perdió una fortuna a raíz de los 28 años que duró aquella iniciativa editorial. Pero ello no obsta para que hubiese disfrutado en la aventura, como demuestra el reportaje que traemos aquí para inaugurar el año 2026. Un viaje en primera persona a ─Iroite aparte─ la cima de la sierra del Barbanza.

Ocurrió un fin de semana de octubre de 1917. Solá, acompañado de un mozalbete local, dejó un sábado los sociales y alquitranados caminos de A Pobra para volar libre al sol y al viento de las montañas del Barbanza. No satisfecho con ello, repitió la experiencia el domingo. A la expedición se sumó un tercer integrante: el pintor catalán José Drudis Biada ─nieto de Miguel Biada, impulsor del primer ferrocarril en España entre Barcelona y Mataró─ dejando en la estacada a un Ramón María del Valle-Inclán con quien Solá había amañado hacerle un retrato ese mismo día.
Lo que sigue es una extensísima crónica de la doble ascensión, un texto imbuido de ironía, resonancias místicas y mitología celta. ¿Y por qué en este blog? Porque Corrubedo ─que cita en seis ocasiones─ emerge como una presencia constante… como una manifestación de la «grandiosidad espantante de la terrible e inhóspita, rugiente y magnífica Costa de la Muerte».

EN EL OLIMPO CÉLTICO
LOS PICOS DEL BARBANZA
Salimos de Villagarcía
Aquí, en la intimidad, señores, ¿creen ustedes que nuestros ascendientes fueron celtas?
Yo os puedo decir que tengo un celta cerca de mí. Lo he reconocido en su adoración por el agua. Y en que por poco me hace comenzar el día con una ablución pedestril.
El celta arrojó un cubo de alba linfa sobre la cubierta del buque donde estoy escribiendo. Rápidamente me encaramé en el asiento y me senté en el respaldo. Y el agua corrió por debajo de mí, rumoreando placenteramente y enviándome algún chispazo lleno de alegre frigidez.
No estará mal que os diga donde estoy. Donde estamos, mejor dicho porque este viaje vamos a realizarlo juntos. Vosotros, cabalgando en el ideal. Yo, arrastrando la mortalidad de mi ser sobre las aguas y los montes, los llanos y las breñas de un lindísimo rozo de Galicia; el más bello tal vez; el más preshistórico.
Estamos en Villagarcía, sobre el mar plácido de la ría de Arosa. El cielo es una concavidad brillante de cobalto. No soplan los vientos, ni soplan las brisas, ni siquiera los céfiros descendieron de su madriguera ascentral y mitológica de las insulas deorum ─Cíes, as islas de los bienaventurados─ donde los procreó la fábula. Y el sol, un recio sol otoñal, brilla, espléndido, sobre nuestras cabezas.
Sobre el respaldo del barco ─un poco duro─ he colocado mi gabán, que ─tal está el día─ no me hace falta para nada. He apercibido mi lápiz y me he puesto a escribir. Y en el muelle, próximo, unos madrugadores curiosos, que me han tomado por alemán, exclaman admirados:
─ Ahora este tío nos está haciendo la caricatura. Estos hombres no pierden ripio. Son «gachós» que trabajan siempre.
El vapor dio tres pitadas que anuncian la próxima salida. Ahora la pitada «de repique», que es la definitiva. Ya empezamos a separarnos del largo muelle. Ya nos acercamos al muelle otra vez a recoger a unas señoras que vinieron a arrancarse una muela desde el Caramiñal y se retrasaron para dar los pertinentes gritos. Ya partimos. El fogonero arroja, allá en el antro del buque, un tronco de encina en los hornillos. Rechispea el árbol sagrado. Partimos hacia el Olimpo céltico.
El Olimpo céltico es la sierra del Barbanza, que en la lejanía de la mañana impoluta aparece vestida de morado, allá sobre la gaya franja de pinares que parecen brotar el mar. El Olimpo céltico es la Galicia de hace tres mil años, hecha esfinge y misterio y abruptuosidad y mole delante de nuestros ojos.
A bordo del «Vigo»
El celta amaba la naturaleza, con la cual convivía, y la tributaba adoración. Es cierto que su primer Dios era Endovelico (el Sol), pero también adoraba a las aguas que fecundaban sus tierras y bendecían su labor.
Este celta que está cerca de mí no habrá echado el agua sobre su cabeza ni habrá orado ante ella, pero probó su celtismo echándola sobre mis pies. Y ahora nos vale el sol, que está dejando como una patena la cubierta de nuestro buque. Endovelico se porta como un valiente. Endovelico me permite trasladar los pies a donde corría el agua. Y ahora, mientras trepida el barco y ante él va desarrollándose el panorama mirífico de la ría de Arosa, empieza a pasear en seco, sobre la toldilla.
De cuando en cuando pasa a mi lado un uniformado rapaz y echa una ojeada a mi cámara fotográfica. Es el «botones» del buque que dice para sus adentros.
─¡Si me retrataras!
Este buque que tiene un celta que lo baldea, y unas encinas que calientan su caldera, y un «botones» que desea unos retratos, merece descripción. Este buque es el «Vigo». Este vapor es el que paseó, gallardo y no sé si calavera ─el bolsillo de su dueño lo dirá─ el lago suizo de la bahía de su nombre. Este barco es el más hermoso, más cómodo, más seguro, más recio, más práctico y hasta más afortunado bajel de viajeros y turismo que pasea las calmas aguas gallegas.

Ahora cambió de destino. Era el suyo antes de unir a Cangas con Vivo, alborozar con las visitas estivales el lazareto de San Simón, aporrear el muelle de San Adrián de los Cobres y, de tarde e tarde, mecerse a la sombra de las fieras Cíes. Su destino actual es mirar a la Curota, posarse al pie de ella, esperar que algún guerrero celta baje de allí con el torques de oro pendiente del pescuezo y, ya que el celta no desciende, conformarse con medio centenar de viajeros de hogaño, luchadores por la vil peseta, y conducirnos a Villagarcía. Todo ello en el lapso de una hora. Todo ello desfilando ante los panoramas marinos más dulces, más plácidos, más añorantes, más llenos de bellezas de hoy, y de las más solemnes y hieráticas evocaciones de ayer, que tienen nuestra patria.
Cámaras casi regias, tripulantes casi lobos de mar, marcha casi rápida, seguridad absoluta sin casi, he aquí los distintivos de este bello buque que rasga la turquesa del mar en tanto que el Barbanza va agigantándose por nuestra proa.
─Buen tiempo, patrón ¿verdad?
─¡Manífico!
─¿Sique subiendo el barómetro?
─Pchs… Bajó cuatro milímetros.
─Es raro
─Una poca de humedad. Este barómetro lo recoge todo, lo anuncia todo. Dos días antes ya sabemos lo que viene.
─Pues yo no esperaba este descenso de cuatro milímetros. Yo no suelo equivocarme cuando salgo de viaje y necesito buen tiempo.
─Y luego, ¿cómo hace?
─Pues espero a que el barómetro lleve tres días subiendo siempre.
─¡Muy bien, señor!
─Después me fijo en si sopla el Norte. El Norte en nuestro país…
─¡Tiempo seguro!
─Después compruebo si la luna está cuarto creciente, cerca de luna llena. La luna llena lo barre todo.
─¿Y sale «destonces»?
─«Destonces» pongo unas botas de agua, el gabán impermeable y el paraguas en el equipaje.
─¿Y «deseguida»?
─«Deseguida» me echo a la calle.
El patrón me mira con asombro. Rectifica la dirección del buque. Chupa la colilla. Y exclama, riéndose:
─Hom, pr’a se equiparen así non fai falta mirar tanto para o barómetro.
Ahora soy yo quien mira con asombro al patrón. Sus rasgos son arios. Debió venir del Caspio, con sus progenitores. Su franqueza es racial.
Y exclamó:
─No me cabe la menor duda, patrón. Usted es celta también.
Yo soy el hombre primitivo
Y heme aquí con dos celtas a la vista: aquel que me bañaba, este que gobierna el buque.
Ahora yo me pregunto: ¿yo que soy?
Acaso soy más que celta todavía.
Quien marcha hacia el Olimpo de Galicia marcha hacia la Historia. Los comienzos de la Historia son el punto en que se funden los mitos y los hechos, los días fabulosos y los días conocidos. Hay siempre en aquellos ─aquellos, los comienzos─ una tradición influyendo una creencia, una vaguedad arrancada a la bruma del pasado, vistiéndose, a la luz del nuevo tiempo, de hecho positivo.
Yo encarno a bordo de este buque al hombre primitivo, al gallego ─o lo que fuese─ de nuestra tierra originaria.
Este hombre marino que arrojó unos cubos de agua por debajo de mi banco me obligó, por un intante, a buscar en las alturas del asiento refugio contra el líquido. Yo viví unos minutos separado del suelo firme por el sostén de unas patas de metal. Hacedlas de madera. Suponed que el banco es una casa. He aquí el hombre primitivo culminando el palafito. He aquí al habitante primitivo de Galicia, al hombre que ocupó las ciudades de los lagos, al ser lacustre, cuya morada se erguía sobre la reciedad de cuatro troncos y tenía el rumor del agua por cimiento.
Allí el ocupante de la ciudad lacustre se defendía de las fieras, de los hombres ─que acaso eran igualmente fieras todavía─, del hermano del vecino, de la ola de furor de la invasión.
Yo también, sobre mi banco, me defendí en mi palafito del celta que llegaba. El tripulante quería arrojarme de la ciudad lacustre que yo había creado en las orillas de Arosa. El tripulante emuló al hombre ario que vino a Galicia desde las remotas tierras del mar Caspio, que arrasó los pueblos que se erguían sobre pies derechos en la desembocadura de los ríos, en el seno de los lagos, en la reconditez de las bahías. Mi banco fue trasunto de la ciudad de Lámbrica famosa, la que ─según frase galana de Murguía─ «se miraba en las aguas que alumbró el faro de la Lanzada»; aquella ciudad que ocupó un delicioso lugar del mar encantado de esta ría; donde el primitivo habitante de Galicia se defendió del celta y el celta del romano; donde Decio Bruto abatió el menhir para levantar el castro…
Bueno; no hay que ponerse serios con la Historia. Pasemos a otra cosa.
El interés histórico de la «Curota»
Un vapor que tiene un «botones» es, por fuerza, un bajel perfectamente organizado. Un buque bien organizado no marcha a la ventura. Tiene cartas geográficas, tiene planos, tiene una administración que lo gobierna y una ciencia que lo rije.
Yo pulso un botón eléctrico y este repercute en los múltiples y áureos de la chaqueta del camarerito del buque, que comparece acto seguido. Y yo lo interrogo y sé que a bordo puedo regalarme con cuanto me acomode. Si quiero café humeará delante de mí el aromoso Moka. Si quiero bebidas alcohólicas, la despensa se hará alquitara y bodega delante de mis ojos. Hasta si quiero champaña el botones será capaz de lanzar al espacio el tapón y dejarme sin un ojo.
Pero mis aficiones no van hoy por los caminos de la gula sino por vías abiertamente geográficas.
─Diga usted patrón ¿tiene usted cartas?
─Aunque llevamos el correo, este no se le despacha a bordo.
─¡Guasón! Hablo de cartas geográficas.
El patrón pone delante de mis ojos la carta de la ría.
─Yo quiero ir al Barbanza ¿sabe? ¿Es muy alta la sierra del Barbanza?
─El patrón extiende la mano hacia la proa. Tenemos la sierra por delante. Ahora, bañada por el sol, no está morada ya. Ahora es color de siena. Y, en las gargantas, por donde en invierno bajan como crines de plata los torrentes, tiene depresiones denegridas, como surcos que la sombra viste de hosquedad y de misterio.
El patrón debe creer que llevo un telémetro en cada ojo.
─Vel-a ahí está.
─¿Cuántos metros?
─Le hay dos picos.
Y buscamos los picos en la carta. El uno es la Curotiña, el que se yergue encima de la Puebla; el otro es la Curota, el que está más atrás, mirando a la Costa de la Muerte. El primero tiene quinientos cinco metros. La Curota, donde brilla la blanca marca puesta por los ingenieros geodestas, tiene seiscientos veinte. Es el punto más alto, es lo eminente de la histórica sierra de Barbanza.

Yo tenía desde hace muchos años un ardiente deseo de subir a los picos de esta sierra, de penetrar en ella, de palmear su suelo, de escarbar en el terrón de sus misterios. En los montes del Barbanza fueron hallados esos torques de oro que admiró el público gallego en la exposición compostelana. El torques era el collar con que enterró el celta a sus caudillos. El celta, pues, tuvo sus tumbas ─sus dólmenes, sus mámoas─ en la hosquedad de aquellas montañas.
Es la historia de nuestros siglos célticos, historia donde se entrelazan los hechos y las conjeturas. Todo es misterio para el saber del hombre cuando se aventura en estudios de acaecimientos que llegan hasta tres mil años. De ellos solo hablan las piedras ya. Y donde Galicia puede tener con más profusión y mejor conservadas ─más «vivas»─ estas piedras es en la sierra del Barbanza.
Pero esta sierra es como una meseta entre desfiladeros horrendos y pavorosos peñascales. Sus sendas son muy difíciles. Su elevación es grande. El sabio encanecido en el estudio no tuvo piernas para ir hasta ella. Recogió las versiones del pueblo. Es posible que el mismo Padre Sarmiento, que hablo del Barbanza en la erudita descripción de sus viajes por Galicia, no se haya aventurado más allá de las faldas, donde empieza la acritud de los caminos, y haya renunciado a pisar el liquen de las cumbres. Y este tesoro histórico, este archivo de monumentos célticos, este museo magnífico, casi estaba inexplorado.
Había necesidad, pues, de que unas piernas en buen uso se proveyesen de las muletas del saber ajeno y arremetiesen contra el Barbanza. Había que subir a él…
He aquí porqué esta mañana otoñal, llena de calor y llena de luz, llena de esta placidez gallega ¡única!, el «Vigo» surca con nosotros el mar de la Arosa, y la Curota, que presidió nuestra infancia, que fue nuestra obsesión de media vida, parece como que nos sale al paso y va agigantándose, solicitada por nuestra curiosidad, delante de la admiración y la esperanza y la ansiedad que destellan en nuestros ojos.
La ría del hombre primitivo
Dice un compañero de viaje que esta ría de Arosa es demasiado grande. Tal vez. Si no lo fuese tanto, los ojos captarían mejor su espléndida belleza.
Es muy ancha, es muy larga, se pierde el fondo de sus ensenadas delante de la admiración que las contempla. Pero por esto es única; por esto es una fase inconfundible de este prodigio acuático que se llama rías bajas de Galicia, que va desde el promontorio Nerio ─desde donde la antigüedad columbraba la ilusión de los Campos Elíseos y el celta hizo de un tronco de árbol la valiente dorna y acaso la lanzó hacia aquellos mares de donde no se volvía nunca─ hasta la abruptuosidad, dominada por el patriotismo de los hombres de estos días, donde el ibero labró, en el Tecla, las casas circulares. Dígase aquí, a propósito del hieratismo de esos Campos, que no puede diputar el escritor si el hombre primitivo veía en las ondas de la costa fiera, donde el Continente terminaba, la propia fiereza marina nada más, o en ella, como fin de la tierra, la representación del viaje de la temeridad, en el que no hay retorno…
Es una magestad profunda y anchurosa, la bahía de Vigo. Es un lago suizo la ría de Marín. No tienen los dos misterios, recodos como enigmas. Ofrecen desde el primer momento su grandeza a la admiración que las visita. Las montañas que las cercan son como su estuche de mermelada. El tesoro se muestra en él perfectamente limitado.
La ría de Arosa es diferente. Las islas que la pueblan truncan el espejo de sus aguas. Las puntas que la pueblan truncan el espejo de las aguas. Las puntas que la muerden dividen sus bellas perspectivas. Es un encanto múltiple, que tiene una nueva fase cuando se llega a un puertecito, cuando se dobla un promontorio, cuando se columbra una ensenada. Es abruptuosidad, es bravura en Noro, en Corrubedo, en Sálvora. Es amplitud en Villagarcía, cara a los pinares gayos de la Arosa. Es pastosidad, es dulzura en los deltas del Umia. Es poesía en Loujo. Es misterio y paz en Dena, en Noaya, donde están los bancos, donde ronca la Lanzada, donde estuvo médano e itsmo, y cortó el paso al mar bravío, haciendo una península de la isla de los grovios para que se pudiese llenar de paz geórgica el fondo encantado de la ría.
Los senos de la Arosa tenían la tranquilidad que requería la ciudad lacustre. Sus aguas ofrecían pródigas el sustento al pescador primitivo, cuyo navío era la dorna, labrada con un tronco del bosque centenario. Sus montes eran atalaya capaz de prevenir con tiempo la llegada del enemigo sanguinario. Desde el Barbanza veíase el promontorio sagrado, Finisterre, que el celta veneraba. Y el mismo mar costero, que, como entonando una plegaria a Endovelico, allí rompía, se oía denoche bramando en Corrubedo, repitiendo la oración que dejaba ─al pie de los monumentos de las cumbres, del ara en que el druida consagraba los sacrificios en obsequio de sus dioses─ a todo lo largo de la grandiosidad espantante de la terrible e inhóspita, rugiente y magnífica Costa de la Muerte.
Tuvo que ser la ría ideal del hombre primitiva esta ría encantadora donde la adustez y el amor, la fiereza y la dulzura se entrelazaban para servir las necesidades del cuerpo y del espíritu de quienes eran labradores y guerreros, sacerdotes y marinos.

Sí, sí; yo creo, al acercarme al Barbanza ─que ya es una mole delante de nuestro barco, que otea la campiña de la Puebla, que la atalaya fieramente─ que este fue el Olímpico céltico. O no hubo celtas en Galicia. Y de que los hubo yo doy fe. Ahí tenéis al tripulante que adoró al agua al despertar este día luminoso. Ahí tenéis al patrón que zumba lo mismo que se burlaba, en sus horas de buen humor, el aborigen. Aquí me tenéis a mí que paseo la toldilla debajo de los rayos de un sol que nos abrasa. Solo un celta puede entregarse así al amor de Endovelico, del Sol; Lourenzo, que le llamó el humorismo semi mitológico gallego; Lourenzo, que hoy está para tostarnos; Lourenzo, con quien voy a tener unas palabras.
─¡Lourenzo: tí seica queres derreternos os miolos! ¡Ai, Lourenzo!
El porqué de «Vista Alegre»
Por fuerza tiene que ser muy grande el encanto de la vida pueblerina. Porque se asoma uno a ella y se entristece por la suerte de los desventurados aburrados que la sufren. Y se mete uno en ella y le cuesta trabajo sacudirla.
En vano, a la hora del crepúsculo, todo es silencio y obscuridad, y todo parece que arrastra hacia el tedio, hacia la cama y hacia la cena. Viene la mañana y derrama el oro de la luz sobre la floración de la campiña. Refulge como una patena el mar sereno. En la playa, gritan alegremente las gaviotas. Y cada rayito de sol saturado de yodos costeros es una invitación a gozar de la alegría de vivir.
Desembarco en la Puebla y tropiezo, al pronto, con García Martí. El «Duque de El» traiciona aEl Liberal por apurar el plácido otoño de su ría. Sé después que por aquí anda todavía D. Ramón del Valle Inclán, que algo de jugo y de frescura debe estar haciendo entre la jugosidad de estos maizales y el frescor de esta ribera. Y me adentro en el poblado y caras y vitolas me demuestran que aún dura el veraneo.
¡Verdad que está la Puebla de templada y de agradable! La Puebla parece un monoplano. La cola es el martillo del muelle coquetón que avanza entre el cristal, hoy bruñido, y brillante como un ascua, de las aguas de la ría. Las alas, al uno y al otro lado, son las casas. Son blancas estas casas. Y sus vidrios reverberan hoy delante de mis ojos debajo del sol que choca con ellos.

Es de hoy la Puebla que contempla el visitante. Sus construcciones acaban de emerger del seno de las olas. Fueron sardinas en las redes, labores en las fábricas, dinero en las gavetas pescadoras. Y piedras después, y algarero bullir de cantería, y claras viviendas, al fin, que se incorporaron al acervo de la transformación del modo de vegetar del pueblo marinero. La aldea se hizo burgo alrededor del bloque de la Puebla primitiva, y el burgo empezó a vestirse de largo y de blancura y a darse tono de ciudad.
Y aquí tenéis a la Puebla, con su muelle y con su faro, y acaso con su cine y con dos sociedades de recreo que pueden permitirse el lujo de poseer sendos «botones» ─si bien el de una de ellas se lo llama y no los tiene (metálicos ─que es lo que determina el nombre─ cuando menos). Y aquí tenéis a la Puebla hasta con recuerdos medioevales ─algo de algún templo, alguna torre─ y con dos fondas, casi hoteles, una de las cuales despliega delante de mí, en un callejón, su rimbombante nombre: Vista Alegre.
Y esto ─porque Vista Alegre abre sus brazos hospederiles a mi paso ─merece cierto comentario. ¿Por qué su dueño, el señor Ferro, le puso Vista Alegre? Si está en una calleja, si desde allí apenas se columbra una rayita del azul turgente de la ría, si hay que subirse a la azotea para distinguir el alto mirador de la Curota ─gigante que vela el sueño plácido o acucia el despertar ruidoso de la Puebla─ a que ese título que entraña una eminente situación.
Los doctores pueblerinos no me dicen que lo sepan. Yo creo que lo sé. El señor Ferro era, ha poco tiempo, poseedor de ocho hijas: hermosísimas las unas, muy bellas las demás, todas sugestivas y simpáticas. El señor Ferro debió pensar que su casa, con tal plantel de cosas gratas, era el espectáculo mejor de la villita. ¿Que alegría mejor para los ojos que el encanto de las ocho hadas deliciosas? El señor Ferro, fijo el pensamiento en su familia, debió poner a su casa Vista Alegre.
Pero he aquí que cinco de las ocho bellezas se casaron. Fueron hurtándoselas al rótulo del hotel los mejores partidos de la villa. Guapas las que quedan, no tardarán en encontrar honesto y pacífico acomodo. El señor Ferro va a verse frito para justificar el nombre de su fonda. Y, una de dos, o tendrá que buscar una nueva alegría ─además de la notoria de la bondad del trato de su casa─ o se verá obligado a poner una venda al huésped que le pregunte por las vistas.
A menos que prepare una nueva edición de retoños presentables, que quien tal arte se dio con la primera parece hombre capaz de garantir la belleza y la población, no solo de la Puebla sino de todos los puertos de la ría.
Ya que yo no pueda colaborar en esa obra, de alto y fecundo patriotismo, séame lícito expresar el deseo de verla cuando menos.
La ascensión al primer pico
Yo no vine a la Puebla para subir a la Curota. Yo vine, más bien, para orientarme. Yo viene para saber por donde está el acceso más fácil a los riscos del Barbanza. Yo vine a hacer coraje.
Pero he aquí que he visto ─o me pareció que he visto─ tan cerca la Curota, erguida sobre el pueblo, que me dije:
─Tú no te vas de aquí sin darte un paseíto hasta ese pico. ¿Qué es lo que te habías figurado; que tienes tu tiempo para andarte por las faldas? El desfiladero está delante de tus piernas. Y la senda. Y la abruptuosidad de los picachos. ¡Anda, tumbón, búscate un guía! Y salí Puebla adelante en busca de mi hombre.
Mi hombre apareció con la rapidez fulminante con que yo lo precisaba. Un arrapiezo que se me ofreció pareciome demasiado arrepiezo para tantos metros monte arriba. Otro rapaz, ya mayorcito, se me antojó capacitado.
─Sabrías tú llevarme al pico de la Curota?
─ Sí, señor; divinamente.
─¿Fuiste alguna vez? ¿Conoces los caminos?
─Divinamente, señor.
─¿Cómo te llamas?
─José Millán.
─Anda, Millán, márchate a tu casa. Avíate. Voy a almozar en Vista Alegre. Dentro de tres cuartos de hora hemos de estar andando.
─Divinamente, señor.
─Mira que ni un minuto más tarde de los tres cuartos.
─Pero usted ha de darme una peseta.
─Conforme. Te daré los treinta cuartos. Pero a las tres tú has de estar en Vista Alegre.
─Señor, divinamente.
José Millán se fue a su casa. Yo me fui a la fonda. José Millán se demoró algo más de los tres cuartos; le esperé pacientemente. José Millán compareció con unos recios zapatones que empezaron a escamarme. Los dos salimos para la montaña al amor de un recio sol que se excedía un poco en las caricias.
─¡Ai Lourenzo! ¡Seica estás pra hestremonías, Lourenzo! ¡Enfríate, Lourenzo!.
Mi guía me conduce por una vereda. Después de atajar, me mete a campo traviesa. Después nos internamos por unas congostras. Las congostras se hacen corredoiras en seguida. Después subimos entre los troncos de un pinar. Después acortamos el paso para escalar una senda montaraz que corre al margen de una torrentera. Después José Millán se para en seco. Miro a lo alto. El monte no es una mole lejana. Es, encima de nosotros, como una prolongación de nuestras coronillas.
─¿Y ahora, José Millán?
─Ahora le hay que subir por ahí.
─¡Pero esto es subir a pico!
─Se le llega más pronto, señor.
─¿Pero tú crees que se puede subir, rapaz?
─¡Divinamente!
¿Divinamente? Tiemblen ustedes, señores alpinistas, a los divinamentes de mi guía. Hay cuatrocientos metros de talud delante de nuestros pasos. Hay cuatrocientos metros de talud delante de nuestros pasos. Las sendas humanas se acabaron. Treparon por las que labra el paso de las cabras. Ya no hay caminos caprinos tampoco. Ahora hay que inventar los senderos. Hay que encaramarse sobre las rocas, que hundirse entre las breñas, que sangrar entre los tojos, que detenerse de cuando en cuando para que no explote el corazón.
Entonces los ojos se van hacia la ría. Es un espejo allá abajo, detrás de la blancura de la Puebla. Están todas sus islas, están todos sus bajos, están todas sus playas, están todos sus pueblos delante de nuestros ojos. Los va contando nuestra experiencia. Los va engarzando con el oro de los recuerdos nuestra memoria, acuciada por la enormidad del espectáculo. Allí Carril, allí Villagarcía. Más allá Villajuán, Villanueva. Los palacios y las torres y el faro semita de Cambados, lo que no quiso dar el diablo aún a trueque de la sumisión de Dios. El Umia y acaso el asiento de Lámbrica famosa. El Grove, la Toja, Dena, Noalla, la Lanzada, la punta de San Vicente, Riveira, Corrubedo; las islas y las aguas y los amplios horizontes y las brumas lejanas del mar libre…
El guía no sabe por donde seguir. Se acuerda de que es pescador. Evoca una frase marinera.
─Ahora, señor, a rumbo.
Y a rumbo es, en el mar, lanzarse a lo desconocido: entre las sirtes, entre el pavor de las rompientes, sobre los bajos, con la muerte por la proa y la Virgen del Carmen guiando al barco en nombre de la misericordia de Dios.
A veces nos detenemos delante de un alta roca. Nos cierra el paso. Hay que flanquearla. Hay que pegarse a ella con los brazos, con las uñas, con la necesidad y el ansia de salir.
Debajo de nuestros pies se abre un abismo. No puede retrocederse ya. Y el sol cae a plomo sobre la montaña. Y el pico parece que ha perdido la plomada, que se viene encima de nosotros, que está más que encima de nosotros ya. ¡Y el corazón hablando de estallar!
Hay una sombra al lado de una piedra. Hay en la sombra una invitación a descansar otra vez. Se hace un nuevo alto en la marcha. Y el panorama resurge delante de los ojos.
Ahora se ha dilatado. La Puebla se empequeñeció y, sin embargo, parece que se acercó a nuestros pies. Las islas costeras se levantaron, como un relieve, sobre el mar. Sálvora, Ons, Cíes, Cabo Silleiro, el Santa Tecla ─donde desagua el Miño─, las sierras de Portugal, casi aparecen en la misma línea. Del lado de tierra es una mancha dorada el distante y orensano faro de Avión. Y más adentro, hacia la vega padronesa, hacia la eminencia compostelana, hacia la Ulla, se yergue el cono azul del Pico Sagro, el Mons Sacer, donde encendió la antigüedad del fuego ofrecido al Dios pagano. Aún surgen otras montañas detrás del Pico Sagro: media Galicia adivinada al pie de las altas sierras, en las cortadas y en las llanuras, atalayada por aquellas crestas que desde la lejanía nos contemplan también.
Otro avance hacia la cumbre. Otra lucha con el tojal, con el risco, con el peñón. Un nuevo asomo de la fatiga, Un nuevo atisbo a la sima que va creciendo, temerosa, a nuestros pies. Y, en alguna ocasión, un instante de desequilibrio, de olor a catástrofe, sobre el pavor del despeñadero. Y, en seguida, en el descanso, la visión mirífica del panorama.
Ahora es la Costa de la Muerte. El mar está encalmado. Apenas besan las espumas la línea blanca del arenal. Y apenas ronca allá abajo la ira que aterra y destruye y aventa en los días invernales, la que sepultó debajo de los médanos aquella ciudad de Valverde, que existió y fue grande y miró hacia Corrubedo, según la tradición.
Otro empuje. Ya estamos cerca de la cumbre. Ya faltan unos metros. Ya parece que se embravece y rehabilita el corazón. Ya se endulza la montaña. Ya se empieza a ver hacia el otro lado de la cima. Ya tocamos en lo alto. Ya quedan solo cuatro pasos. ¡Es allí en aquella piedra! Ya se adelante un pie hacia el liquen de la roca. Ya se afirma en ella. Ya le sigue el otro pie. Ya están los dos en el pináculo. ¡Ah!
─¿Y el guía?
El guía se ha perdido en un flanqueo. El guía renquea allá abajo, entre las breñas. Le sale la lengua de la boca. Trae un balance temeroso. El guía parece que me pide que le guíe…
─Anda, José Millán, súbete a esas piedras. Quiero retratarte. Ya veo que conoces el camino. ¡Como que lo has sabido hacer «divinamente»!

Y en tanto Millán viene hacia la inmortalidad, que le espera en el antro de mi cámara fotográfica, mis ojos se deslumbran y piensa mi alma que jamás ─en ningún sitio que paseó─ tuvo delante de sí panorama tan hermoso.
Os lo juro en lo alto de la Curotiña, sierra de Barbanza, a quinientos cinco metros sobre el nivel del mar, a las tres y veinticinco minutos de la tarde del día veinte de Octubre de mil novecientos diecisiete.
Subid y os convenceréis.
Pero buscad otro camino.
La «Curotiña» nos traiciona
Yo me explico que Decio Bruto haya debelado al celta que ocupaba la mejor del territorio de la Iberia. De lo que no quiero convencerme es de la razón que haya tenido César Augusto para hacerle descender de sus montañas. Y me atrevo a pensar que el bruto fue, en realidad, Augusto.
Claro está que en los picachos era el gallego primitivo poco menos que invencible, y peligroso sin el poco y sin el menos. ¡Pero debía ser tan bella la vida en las alturas! ¡Se debía adquirir en ellas un concepto tan claro ─y tan elevado, desde luego─ de las cosas!
Yo estoy aquí, en la Curotiña, y todo me parece minúsculo a mis pies. Y a todo puedo llevar una mirada inquisidora. Y si pienso en lo que he de hacer objeto de mis cultos, se me ocurre que solo debo levantar los ojos a la altura y dirigirme a Dios.
Por eso, tal vez, el celta, que estuvo sobre las rías y los valles, que todo lo vio pequeño desde el sagrado de sus dólmenes, volvió la cabeza hacia el cielo y se prosternó ante Endovelico. Endovelico era el Sol. Endovelico, único freno en sus correrías serraniles, fecundidad en sus sembrados, amor y tiranía, única superioridad impuesta a su albedrío, era la primera y la más insinuante y más objetiva representación que la naturaleza ofrecía al celta del poder y de la magnitud de Dios.
El celta subió a los picos para acercarse al Ser Supremo. Y las piedras de las alturas fueron los altares de sus devociones. En ellas tuvo las aras donde el druidismo ofreció sus sacrificios.
¿Hubo druidismo en Galicia? Sí. Donde hubo hombres hubo religión. ¿Practicaron el druidismo los celtas? Indudablemente. Era lo suyo. ¿Habitaron los celtas la sierra del Barbanza? En ella fueron hallados los torques de oro, en ella se encontró muestras fehacientes de su rudimentaria civilización. Luego yo debo, en la Curota, tropezar con el ara céltica, con el dolmen, con el túmulo, con las fitas y las alineaciones, con el gran menhir que señalaba un hecho heroico, con el pequeño guyón que protegía, con los efluvios de la divinidad pagana, al mercader viandante.
─A ver, Millán busca un ara céltica.
─Aquí no hay más que cabras, señor. ¿Quién le va a arar en este sitio?
Millán se esfuerza vanamente. Yo hago el mismo esfuerzo en vano. Los monumentos no aparecen. La Curotiña no los tiene o los esconde.
Y, sin embargo, el celta estuvo aquí. Aquí tienen que perdurar las huellas de su paso.
─Bien, Millán; si no encuentras el ara donde yo debiera sacrificarte ─como el celta a su rebaño─ en holocausto a la divinidad que se dignó acompañarnos a la cumbre, y en castigo de tu inutilidad, que me despanzurró entre los picachos; si no la encuentras cuando menos ─¡oh céltico Millán─ busca un camino un poco más humano.
─¿Un camino? Ahora sí que le bajaremos bien. Por donde vinimos, no.
─¡Ah, grandísimo recondenado? ¿Y entonces porque no subiste por él?
─Señor…
─Porque no lo conocías aún.
─Yo le vine muchas veces.
─Habrás venido como cabra. Hoy Millán, es la primera vez que has subido haciendo de persona.
Descendemos. Buscamos primero una llamada que se extienda entre los dos picos del Barbanza. Saludamos de lejos a la Curota, la cabeza erguida de la sierra, en forma de lomo de camello, según gráfica y certera expresión de un sobrestante, compañero de mesa en Vista Alegre. Buscamos un camino de carro. Nos ponemos al hilo de una torrentera. Nos zarandeamos en una rápida bajada. Ganamos el llano, al fin. Y al volver los ojos hacia atrás y ver cómo se queda a lo lejos el Barbanza, recordamos la frase popular:
─Para las cuestas arriba quiero mi mulo, que las cuestas abajo yo me las subo.
Y acabamos de subir gloriosamente la enorme cuesta abajo, y a las tres horas de haber salido de la Puebla nos reintegramos a las alegres vistas de la amena Vista Alegre.
Las señoritas Ferro y hasta los húespedes, suspensos ante nuestra presteza en el arribo, ponen en duda nuestra ascensión al pico de la sierra.
¡Era lo único que nos faltaba! ¡Después de haber sudado tanto!
La vida triste del torrero
Se añora la ciudad cuando, lejos de ella, en la campiña, llega la hora del crepúsculo. Suena el Angelus. El humo de la aldea va aterrándose, pegado a los pardos sayales de las chozas. Sobre el mar se levanta la bruma de la noche. Y, entre ella, titilan las luces de los faros.
Y ahí tenéis otra soledad mayor que la del agro: la soledad de la isla inhabitada, del peñón que arrulla el ruido de las olas, del recinto que besan las espumas del Atlántico, de la atalaya que otea eternamente el mismo pedazo de una ría, la misma lejana línea blanquecina de las rompientes de una costa, el mismo trozo musical y arisco del océano.
Me aburro en la obscuridad de la noche pueblerina. Llego a la puerta de un casino. Hablo a un rapaz que al parecer es el «botones». Le digo que reclame a la Directiva que se los ponga en la guerrera, que apenas es una americana deslustrada. Y después, por incidencia, trabo conversación con un hombre que puede ser un patrón marino enriquecido, o un menestral un poco presentable, o uno de estos abortos de la tristeza burocrática, uno de esos obreros de levita que nunca la tuvieron.
Este hombre es un torrero. Es el celador de la luz del muelle de la Puebla. Es uno de esos «robinsones» que se han pasado media vida enmedio de las aguas, al pie de la almenara del faro solitario.
Este fue diecisiete años ─noche sobre noche─ el torrero de Rua, de esa islita que mide cuatro palmos, que alumbra el centro de la Arosa, que a veces se queda aislada por el vendaval ─que la sacude─ lapsos interminables y tristes y desesperantes de dos meses.
¡Oh qué historias las de esta vida fuera de contacto con las gentes; de esta vida que es como una interrupción en el proceso de la vida; de estos años que no pueden contarse en la cadena de sucesos de relación que llenan los años de los hombres!
Va surgiendo el misterio de esta vida del torrero de los labios del torrero de la Puebla. En ella se agota la vista delante de los libros en las largas veladas invernales. Y se embota la palabra en el aislamiento interminable. Se pierde la curiosidad por todo lo que apasiona y arrastra las potencias de los hombres metidos en el torbellino de los hombres. Se vegeta, al fin, sin aspiraciones, sin envidias, sin estímulos, sin ansias, sin ensueños.
Hoy al pie de las luciérnagas marinas muchachas casaderas ─hijas de torreros─ que jamás vieron el pueblo. Un rapaz llevado a él echó a correr, como en presencia de un monstruo apocalíptico, delante de un inofensivo borriquillo.
Y toda una vida así vendida por unos cuantos ochavos del Estado. El alma encadenada, hecha retroceder a la caverna, por la necesidad de ganar el pan en una castración de todos los impulsos del espíritu. Va siendo hora de pensar en que el hombre autómata substituya al hombre racional al pie de la pupila sentimental y misteriosa de los faros.
Los contemplo en la tristeza de la noche silente. Arosa, Rua, Sálvora, Ons a lo lejos. Adivinados, Corrubedo, Cíes, Silleiro. Y, en todos ellos, unas hojas que van doblándose rítmicamente delante de unos ojos que consume, debilita y apaga al fin el tedio de tanto leer, mientras la linterna rasga, destellante, el velo hierático de la obscuridad que pesa sobre la canción eterna de las olas.
La parranda de los retrasados
Enmedio de esta obscuridad ha sonado un acordeón. Unas voces femeninas a la par de él. Y, de cuando en cuando, el ronco de la voz varonil. Es una parranda.
Va la parranda carretera arriba, por el camino de la aldea. Es una sombra más entre las sombras. Pero es también una alegría que interrumpe la tristeza hosca de la noche. Salgo en pos de ella. Es media historia de mi infancia que estalla en mis oídos y derrama en mi alma un bálsamo de dulces añoranzas.
Es la parranda de los sábados, el día de las bodas aldeanas La preceden los arrapiezos de la playa, que llevan un revuelo de curiosidad y de placer a lo largo de las sendas campesinas. Va después la mocería. Ellas con claros pañuelos de seda en la cabeza y los mantelos, ribeteados de terciopelo, pendientes de los hombros. Ellos con los flamantes ternos domingueros. Detrás la gente seria: los testigos, los padrinos. Y más serios que ellos todavía, cada uno en el grupo de sus sexo, los felices contrayentes.
Es una algarería que rechispea jovialidad la cantinela de los coros. Y son sus timbres argentinos, metálicos, como una cascada de rodelas de oro cantarinas.
Se detienen. Lazan una copla. La corean. Y, a las veces, un aturuxo vuela por encima de las voces y va a perderse en la hosquedad lejana de los montes
Esta es la parranda costera, la del sábado, cuando el pescador acaba de amarrar la barca céltica y el rezón empieza a morder las algas de la playa.

Esta parranda de la Puebla lleva delante a las mozas y a los mozos. Los novios aparecen detrás, como perdidos en la sombra, como apesarados, como hoscos, como bajo el peso de una losa de infortunio.
Consulto a unos rapaces:
─¿Es una boda?
─Sí, señor.
─¿Y es costumbre del país que los novios vayan tristes?
─¿Qué vai ser, señor?
─¿Y estos, cómo van tan lejos de los cantos?
─E que istes chegaron tarde á igrexa e o señor abade habíase marchado e quedaron sin casar.
¡Dios mío! Tienen mucha razón para ir tan cabizbajos. ¡Sin casarse, y con esa mocería que marcha a engullirse la comida de la boda!
Hacia la aldea, entre la negrura impenetrable de la noche, suena un acordeón lejano. Y los novios, separados como la guardia civil, marchan carretera arriba tal vez jurando ser más puntuales el sábado que viene.
Y andan, andan, andan en la sombra. La iglesia queda muy lejos ya. Puede presumirse que por hoy no tengan humor para pasar por detrás de ella para reírse del peligroso escrúpulo cronométrico del señor abad…
Otra vez a la montaña
De noche, a la hora de la cena, en el comedor del hotel de Ferro, se habló de la aventura alpina de la tarde.
─Me decido a creerle ─dijo alguno─. Pero usted subió a la Curotiña. Quinientos y pico de metros. La verdadera cumbre de la sierra, la Curota, tiene ciento y pico de metros más.
Esto era decirme que solo había hecho una ascensión preliminar. Esto era mandarme subir a la Curota.
Pero en la Puebla está el señor D. Ramón del Valle Inclán y yo ya había convenido con un pintor catalán que también está en la Puebla ─ya ven ustedes que aquí nos estamos reuniendo todo el mundo─ visitar al linajudo «Marqués de Bradomín», como él se llamaba y yo, sin el menor recelo le proclamo, que si hidalgo es por la extirpe más noble es por la traza aristocrática con que oficia en el augusto templo de las Letras.

Esto es una contrariedad. El pintor me esperaría a tal hora matinal en el camino de la morada del «Marqués de Bradomín». Y para ir a la Curota era necesario tomar el camino de la sierra a la misma prefijada hora mañanera.
La almohada es quien toma en mí las decisiones.
─Oye, tú ─le pregunté a la hora de las doce, a ala misma en que las brujas de Coiro apercibirían las escobas para ir al aquelarre─. Oye tú, muelle y silenciosa cuanto apabullada consejera: ¿qué te parece que he de hacer?
La almohada guardó una hora de silencio. La de las resoluciones no había sonado todavía.
─Oye, tú, mal mandada y poco habladora. Mira que estoy cansado. Mira que tengo que dormir. Mira que estoy quedando ante mí mismo como un ser irresoluto.
Y la almohada habló a través de las células nerviosas.
─Al señor Valle Inclán puedes visitarlo cualquier día. Está en el llano. Ahí no hay tinieblas frecuentes que oculten la haz lejana de la ría. Si quieres hacerme caso, inquieto periodista, entrégate al sueño reparador ─que bien lo necesitas─ y al despertar vete a la motaña.
─¿Y el señor Drudis Biada? ¿Y el pintor catalán?
─El pintor será de la misma opinión que tú. Un pintor no podrá resistir la visión de un panorama como no ha de verlo otra vez en los días de su vida.
La almohada discurrió con su sensatez acostumbrada. Es el consejero más dócil y certero. A veces se retrasa, se revuelve, parece que se niega a las consultas. Creyésele, si no se la sintiese, sedente y plácida, debajo de la nuca, que se ha ausentado de la casa. Pero enseguida habla dulcemente, con mesura, como cuadra a quien de antiguo acreditó su buen juicio.
He aquí porqué el señor Drudis y yo nos encontramos otra vez en el camino de la sierra, bajo un sol que amenaza derretir de nuevo mi cabeza. El cielo, cobalto, el cielo claro y brillante de Galicia, no tiene una nube en toda su concavidad que llena la magestad silente de la calma. Y entre el oro de la luz empezamos a flanquear valientemente las alturas riscosas de los montes.
Camino de la sierra, a cuatro kilómetros de la Puebla del Deán, siguiendo la carretera de Moldes ─que es la que con más propiedad puede llamarse la carretera de la Costa de la Muerte, que hacia ella serpea lamiendo las montañas─ veréis entre los pinos, con las últimas crestas continentales ─el promontorio de Corrubedo─ por fondo, y el inmenso mar por nimbo, un curiosísimo crucero. Está entre el rumos y la poesía, que es bosque. Y está entre el misterio y el pavor, que son la soledad serrana y el bramido de las rompientes de la costa.
Este crucero tiene, cerca de lo alto, una hornacina. En ella, la Virgen del establo, la que dio vida a la suprema belleza de Dios Hijo. Y cerca de la Virgen, un farol.
Hay una escalera pegada siempre a este crucero. Por ella sube la religiosidad del caminante, enciende la pavesa, ora, y vase satisfecha de haber cumplido un impulso de su ánima. A veces es algo más que fuego la dádiva de la piedad andariega que osa hasta aquel sitio: es una merced de aceite, que servirá para que mantengan encendida la luz otros viajeros.

He aquí resucitado ─y quien sabe si conservado sin la menor interrupción─ el culto del fuego que encendió las hogueras del Mons Sacer e inspiró la liturgia céltica bajo las copas del lejano lucus misterioso. Nunca en lugar más adecuado. Allí, donde empiezan los senderos de la sierra y se abre al estudio y a la admiración el Olimpo gallego de los celtas, parece el ensamble del paganismo aborigen ─que encendía la lumbre en las alturas para aplacar la ira de los dioses─ y la fe cristiana que, para implorar su amor, la enciende al pie de la Cruz augusta del Calvario.
Madre de los navegantes, madre del nauta audaz en esta Santa de Belén que mira al mar al través de los pinos rumorosos. En Ella se refugian los marinos de la algidez de sus angustias. Y de Ella cuenta con resonantes milagros la colorista imaginación creyente de la playa. No una vez, cien veces arrancó el náufrago a la sirte, a la espuma, a la muerte en el mar la Santa compasiva. Y cien veces también vinieron de la playa a prosternarse ante ella los sencillos marinos que, en la hora de enfrontar el fantasma de la Pálida, se acordaron de que había allí, cara a las olas, unos ojos piadosos que reverberaban a la luz encendida por la fe del caminante.
Nosotros lo somos también e invitamos a nuestro guía a que suba la escalera del crucero y encienda el farolito. Y, cuando lo vemos lucir, quedamos tan contentos.
─Santa de Belén, rústica y pétrea, solitaria y dulce, escondida y misteriosa: no olvides a tus hijos marineros. Son gente de alma tersa. Salen rezando y cantando hacia su vida, que a veces es su muerte. ¡Y cuántas de ellas la barcarola que vibra en sus labios celebrando una victoria tiene que acabar en oración, implorando el don de tu mirada compasiva! Mírales siempre con amor. Son tus hijos consecuentes. Acaso ─Tú lo sabrás muy bien─ son los mejores que te quedan. Los únicos tal vez.
─¡Santa de Belén, Santa del crucerito serranil, no olvides tampoco a este viajero. Sé para él el «guyón» protector que el celta clavó en la senda que había de escudriñar la superstición del caminante. Yo soy un nauta también, que navega por los mares del ideal, donde hay sirtes temerosas, vientos contrarios, nubes de tormenta, y malos pasos y malas horas y angustias y asechanzas, y horas de desfallecimiento en las cuales, desde hoy, he de acordarme de tu nombre. De tu nombre, Santa de Belén, que parece que me miras dulcemente, ofreciéndome tu brazo ─el brazo que sostiene el Niño Dios─ desde el sagrario de la hornacina de la sierra.
En el sagrado de la prehistoria
Una poderosa razón aconsejaba este segundo viaje a la montaña, más importante que el vano prurito de subir cien metros más arriba que las rocas que coronan el pico ya explorado. No había visto yo aún en el Barbanza una piedra que acusase el paso de los celtas. Era forzoso perseguir el monolito. Tenía que haber monumentos allí, en la meseta que se extiende entre los riscos de las cimas. Allí debía surgir la prehistoria.
En esto, cuando nuestros ojos descubren a lo lejos los lejanos promontorios de la Costa de la Muerte, aparece una enorme piedra delante de nosotros. Nos acercamos. La rodeamos. Trepamos sobre ella. Tiene una concavidad encima. Tiene un canal de desagüe en un extremo de este hueco. Tiene unas depresiones por donde baja este desagüe. Y preguntamos nosotros: ¿Es esto un monolito? ¿Es esto un monumento? ¿Es esta un ara céltica?

En las depresiones apoyaba tu planta el sacerdote. En la concavidad era colocada la res que iba a ser sacrificada en holocausto de los dioses. El sacerdote descargaba el golpe de hacha en la cerviz. La sangre corría por el canal labrado en el granito. Y en aquella hora solemne, el druida tenía delante de los ojos, después de la res, el pico sacro, y a lo lejos, entre las espumas de la costa, la negrura del promontorio Nerio, del cabo de Finisterre, también sagrado.
Dirá el espíritu de contradicción que esa concavidad y ese canal fueron la obra de las aguas a lo largo de los siglos. «Saepe cadendo, gutta cavat lapidem». ¿Pero creemos o no creemos en los celtas? Y, sobre todo ─y para mí este argumento tiene mucha fuerza─ si el agua hace esas cosas ¿por qué se le ocurrió hacerlas solamente donde estuvieron los sitios sagrados de los celtas y no en las playas y en las llanuras y en las montañas sin historia? ¿Es que el agua no cae del mismo modo en todas partes? ¿Es que para los montes del celtismo rigió una hidráulica especial?
Fotografiamos esta piedra. Avanzamos por la sierra. Descubrimos tres piedras enhiestas como mástiles, clavadas en la misma meseta donde pudo estar la población sagrada de los celtas, que amaban las alturas y la visión de aquellos sitios alrededor de los cuales aleteaba el alma de sus mitos.
Son tres piedras. El tres es número sagrado. Aquí no las clavó ninguna civilización de los siglos besados por las claras luces de la Historia. Estas piedras tienen que venir de los tiempos que solo acierta a explorar la conjetura. No son altos menhires, como los que pueblan las amplias llanuras irlandesas. Pueden ser piedras fitas; pueden ser alineaciones, que limitasen algún paraje sagrado. Son, sin duda ─llamémoslas con el tecnicismo con que algún testimonio ancestral las denomina─ petras crectas, petras quæ ab antiguo fuerunt constructe. En tal sitio, al borde de la vederita antañona, de la senda serrana por donde el viajero iría hacia el Nerio famoso, son, sin duda, el «guyón» protector, el pequeño menhir, égida del caminante mercader.
Y aquí tenéis cómo el celtismo de la sierra del Barbanza empieza a descubrirse delante de nosotros y nos habla con su voz de granito, hecha vaguedad, presunción, misterio, duda, impenetrable obscuridad, a lo largo de una lejanía que frisa ya tal vez en tres mil años.
Una «elevada» conjetura
Delante de esas piedras que yo creo «guyones» y que ustedes pueden creer lo que les plazca, he metido una mano en el bolsillo. Del bolsillo salió un paquete. Y del paquete una brújula. Y fue de ver la cara que puso el guía al contemplar, brillando al sol, el artilugio.
─¡Ay, mi madre! ¡Mismo es el compás!
José Millán no puede concebir que un viajero terrestre sea capaz de cargar con una brújula. ¿Para qué? ¿Es que vamos a navegar entre los toros barbanzinos, sobre las rocas de las cumbres?
No. Es que vamos a saber lo que está diciendo aquí este línea de menhires.
Es recta la línea que forman estas piedras. Es una dirección. Es un índice puesto delante del paso del viajero. ¿Señalan dónde está el Nerio, casi al frente? No. Un casi no es exactitud. Y es una exactitud lo que buscamos.
La brújula es emplazada sobre una planicie del terreno. ¡Ajá! Ya la tenemos nivelada. Ya empieza a moverse la aguja hacia el polo que la llama. Ya empieza a detenerse. Ya busca una dirección determinada.
─¿Quieres apostar, Millán, a que la aguja marca el Norte?
─A ver, señor.
Nos inclinamos hacia el suelo. En mis ojos destella la ansiedad. Está descorriéndose el velo que va a revelarme el misterio de los «guyones» del Barbanza.
Las piedras y la brújula están en la misma línea delante de mi cuerpo. Observemos si la aguja dice que el Norte también está en la misma dirección. ¿A ver?
La aguja se va desviando de la línea. Un grado. Dos grados. Veinte grados. Dos grados más aún. El guía también se ha interesado, sin saber de qué se trata. Y es él quien primero de la voz desconcertante.
─¡No le está!
Pero el guía no entiende estas cosas, y yo doy un grito placentero. Ya me parecía a mí que los menhires cumplían una alta función en el Barbanza. Veintidós grados son precisamente los que alcanza la desviación que tiene la aguja imantada. El Norte magnético es el que marca la rosa de mi brújula. Pero el Norte geográfico, es, ¡exactamente!, el que indica la línea de menhires.

Ahí tenéis, señores, el compás milenario puesto por los celtas en los límites, o en el centro, o en un aledaño de sus lugares sagrados. Era el índice que marcaba el Norte al caminante. Era su hado protector en aquellas alturas que envuelven las brumas cuando ha de llover en el llano, que muchos días y muchas noches permanecen ellas lejos del cariño del sol, bajo el beso frígido de la cofia de los picos.
Piedras protectoras o piedras geográficas, o ambas cosas a la vez, esas tres piedras tienen una importancia colosal dentro del campo de la Historia. Yo lo creo. Quien rechace este conjetura tiene la palabra.
Los toros de Barbanza
Hasta ahora yo no había envidiado las piernas a nadie. Delgaditas sí, pero recias y hechas a trotar las mías. Jamás me hicieron traición. Antes se acabó el camino que ellas se resistiesen a recorrerlo.
Pero mi compañero, el pintor Drudis Biada, no tiene más que veintiséis años. Y hace uno y medio que vive sobre los caminos, en contacto con los elementos, captando la belleza de los paisajes. Y es catalán. Y hasta viste calzón corto y lleva polainas, que a algo obligan. Drudis Biasa se hallaba en el caso de ponerme en jaque. Por mi fe que lo ha conseguido. Es él quien va siempre delante. Y a veces tengo que llamarle la atención sobre el panorama, que monta igual que si le dijese que no corra tanto.
En otras ocasiones no soy yo quien le contiene. Son los toros. Son estes renegridos toros de Barbanza, que cuando no son los terneros que se lidian en las playas pueblerinas, tienen una traza que infunde muchísimo respeto. Son muy negros Son muy finos. Son muy celtas. Deben amar su independencia, como su extirpe, y mirar con muy malos ojos al intruso.
Nos acercamos a ellos sin embargo. Es cuando está cerca un monolito. En esta plaza enorme de la sierra, el dólmen es la barrera, el ara céltica el tendido, el menhir el palco. La presidencia es, en lo alto, el marco que pusieron los ingenieros geodestas. Y hay expectadores, además de nosotros, que somos los toreros y expectamos también. Son los machos cabríos, son las cabras montesas, son los chivos barbudos que saltan de risco en risco, que trepan de brezo en brezo, que muerden las uces y rozan los musgos y nos miran con recelo bravío y huyen con la carga preciosa de su independencia salvaje. Aún si quisiéramos ejecutar la suerte de picas, aún si Drudis Biada quisiera levantar el regatón de su paraguas de campo hasta el prestigio de este coso gigante y rejonear a las fieras, tendría a su alcance aunque no a su dócil servicio, el lomo lustroso de algún caballo salvaje, Anda suelta y saltarina y piafante la yeguada. Sus crines parecen de seda; sus remos de ébano; sus saltos, de cebra; su altivez, olímpica. Están aquí y acullá, esparcidos por la vertiente adusta. Unos abrevan en una linfa que lame el tronco de los brezos. Otros parecen la coronación de un picacho: la nota hípica de un monumento ecuestre, enhiesto en una cumbre, del cual una ráfaga de vendaval arrancó al caballero.
¡Los toros! Nos miran desde el pastizal un poco distante. Alguno se adelante hacia nosotros, levanta la observadora cabeza y, alta así la cerviz, mueve cadenciosamente la cola. ¿Qué traducción tienen esa altivez y ese movimiento en el lenguaje taurino? ¿Es que la bestia va a arreternos? ¿Es que va a rasgar nuestras carnes, bajo el sol de fuego que las enciende sobre la haz tostada de la sierra bravía?
No lo sabemos. Seguimos. Drudis confía en su pica y en sus piernas. Yo, en Dios.
¡Oh, toretes del Barbanza, regocijo de Noya y Padrón, piedra de toque del valor pueblerino; lección de funambulismo de impensados acróbatas! ¡Oh, finura, rapidez y bravura, en una sola pieza y sin un ensamble fundidos! Sois carcajada en las plazas. Alguna vez fuiseis espectáculo pintoresco en las carreteras: ¡Cuando os llevaron a Cuntis!

Cuando os llevaron a Cuntis, toretes del Barbanza, no hubo jaulas para vosotros. Os ataron por cuatro lados. Un hombre iba al extremo de cada soga. ¿Queríais acometer a uno de vuestros conductores? Los otros tres tiraban de las sogas. Y así dos días de pueblo en pueblo hasta llegar cansinos, al redondel trazado entre cuatro tablas.
¡Cuanto hemos reído vuestra conducción histórica cuando labios coloristas nos la refirieron! Tal vez si lo supiesen vuestros progenitores, que ahí andarán, negros y corpulentos, llenos de magestad y llenos de fiereza, hacia nuestras menudencias vendrían con la finura de sus astas, aguzadas por el roce con las rocas de las cavernas y apuntadas al corazón por el amor a la libertad cultivado en el goce inefable de una vida salvaje.
No sois vosotros, los infelices chotos de quienes se ríe la farándula tauromáquica en las plazas gallegas, las cornupetas que cría el Barbanza. Los recios y fieros y corpulentos y asustadores toros de la sierra gallega, los toros célticos, no se lidian en nuestras plazas; son los que estamos viendo aquí.
A ver quien se atreve a quitarse la chaqueta, y a cuadrarse ante ellos, y a abrirse de capa.
El último esfuerzo
Es más dulce que su compañera, tomada por este lado, flanqueándola por Moldes, persiguiéndola a lo largo de los caminos de carro, la cumbre de la Curota. Es más dulce, pero el sol de hoy es más amargo.
Nuestros relojes han marcado ya las once. Han señado las once y media. Van hacia las doce. Pero aún no hemos alcanzado más que las estribaciones de la cima. Hacia ella nos llama el blanco índice del jalón geométrico de la corona. Pero se está tocando y parece que no va a alcanzarse nunca.
Hemos pasado cerca de unas piedras que nos mostraron la negrura de unas oquedades. Tal vez sean cavernas. Acaso alojaron al hombre primitivo. ¡Quien sabe si en el fondo de ellas yace el hacha pétrea, o la punta de flecha, o el mismo torques que ornó el cuello del guerrero! Hoy serán estas cuevas albergue de las cabras, refugio de los rebaños, guarida de las alimañas. No ululará el lobo por aquí, que de haberlo no habría ganados. Más probable es que allí asome la negra cabeza astada del toro barbanzino y, con las ubres en los belfos dulces de sus hijos, muja, llena de amor, la vaca brava.
─Un descanso, Drudis. El sol nos mata.
─Hoy perdemos dos kilos de peso.
─Yo no. Yo no los tengo en junto.
Un peñasco nos ofrece el amor de una sombra. El césped está en ella cubierto de rocío. Nos tumbamos sobre él. Es un peligro, pero es un sedante de la marcha bajo la candela solar que nos agota.
─Hay que seguir, Drudis.
─¡A pesar de todo!
Y nos incorporamos. Y vamos encorvados, bajo el peso del sol, entre las matas que alfombran la cumbre. Y entramos entre los riscos. Y escalamos la corona del monte. Ardemos. Nuestros ojos deben estar inyectados de sangre. Laten nuestras sienes. La congestión nos ronda.
Pero subimos, subimos, subimos. Y se abren nuestros brazos. Y estrechamos el marco que culmina la sierra. Y no queremos abrir los ojos aún, mientras un nuevo amor de una sombra no restaure las fuerzas de nuestra sensibilidad, que secó el fuego del cielo.
Nos incorporamos, al fin. Despegamos súbitamente los párpados. Vemos, deslumbrados. Miramos, extáticos.
Frente al sagrado Nerio
¡Finisterre! Ahí está Finisterre, casi a nuestros pies, detrás de Monte Louro, detrás de Muros, detrás del Pindo, detrás de la ensenada en que se adivina a Corcubión, después de la línea de playas y de rompientes plateadas, y de las sirtes y las agujas y los peligros visibles y los escollos ocultos de la Costa de la Muerte. Ahí está el promontorio Nerio de los tiempos aquellos cuyas crónicas tejen hoy tradiciones y fábulas, indicios y conjeturas.
Allí acaba la tierra conocida. Allí batían las olas temerosas, amigas de la muerte. Allí empezaba el mar de donde nunca se vuelve. Detrás de su cortina azul estaban los Campos Elíseos, el paraíso prometido.
Es aquella punta que la distancia viste de negro y el sol toca tenuamente de violeta. Es aquella punta hosca, sobre la cual bate siempre sus alas el trágico fantasma de la bruma.
Hacia allí miraba el celta. Era el monte sagrado, el fin de la tierra, el comienzo del misterio. Fue el camino de Irlanda, que hacia allí marchó el primitivo nauta gallego a sembrar de dólmenes los campos que cubre el eterno verdor de los gayos pastizales. Allí nació el impulso que une nuestras costumbres y ensambla nuestras tradiciones. Celtas gallegos fueron los celtas que el hijo de Breogán, Ith el guerrero, llegó a conquistar la tierra que, según la hipérbole pintoresca de los mitos, había podido ver desde lo alto de la Torre de Hércules, erigida por su padre.
El austro, el viento propicio, debió empujar las naves de aquellos argonautas. Dos días les bastarían entonces para alcanzar la costa deseada, la costa a donde aún hoy alguna dorna ─el barco céltico─ empujada por el temporal enmedio del Océano, tocó al cabo de un afanoso correr entre los brazos de la muerte.
Allí clavó sus raíces un episodio de las aúreas tradiciones jacobeas. Según ellas, los discípulos del Apóstol fueron a Duyo a pedir al gobernador romano permiso y consejo para enterrar el cuerpo del maestro. Fue acaso el mismo Filotro quien les sugirió la idea de respetar la voluntad de los dioses manifestada en el capricho del animal sagrado. Unos bueyes arrastraron el cuerpo querido al través de los campos padroneses. Llegaron al Libredon y dejaron allí la santidad y misterio que dio a la posteridad la gloria de Compostela. Acaso por esto era Finisterre una etapa en las peregrinaciones al sepulcro jacobeo. Y cuando la imaginación germana le llamó, andando los siglos, «estrella oscura», fundió en un apelativo los viejos mitos y las nuevas confesiones, el punto de partida hacia el mar de donde no se volvía ─representación pagana de la muerte─ y el comienzo de la senda de luz por donde las almas iban hacia el Jordán de la redención que rumoreaba en Compostela.
Es admirable el panorama. Nuestros ojos columbran las más distantes lejanías. Es, sin duda, el Cabo Villano lo que sombrea sobre el mar, emergiendo de la bruma, más allá del Nerio misterioso. Camariñas debe blanquear en la distancia. Las hilanderas de Mujía pueden sorprendernos aquí, admirando con la imaginación los prodigios que van saliendo de sus manos de hadas. Y acaso el vago rumor que vibra en nuestro oído es ya la voz airada, aunque lejana, del inquieto mar Cantábrico.
¡Magnífico visión la que extasía nuestros ojos! Pero más bella aún la que conmueve nuestras almas. Vemos desde aquí media costa gallega y media tierra de Suevia. Pero el Nerio pone frente al espíritu atento, que entierra el haz de su visión en el pasado, una cadena de recuerdos dorados, de fábulas poéticas, de leyendas misteriosas, que esconden su raíz en un terrón ─la prehistoria─ que florecía ya ─¡y Dios sabe desde cuando!─ hace más de treinta siglos.
Jaime Solá.
En el tren, Octubre 1917.










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