Prendida en el manto dorado de la Virgen del Carmen que la iglesia de Corrubedo custodia en su transepto se halla la medalla de plata que la Sociedad Española de Salvamento de Náufragos entregó a título colectivo a nuestro pueblo, allá por 1961. El suceso que motivó aquella distinción es harto conocido; al menos, entre quienes frecuenten este blog o reparen en la escultura situada en el exterior del templo, hacia el arranque de la cuesta que desciende hasta el puerto. El rescate del yate inglés Debonair y el auxilio a sus tres náufragos ─Heather, William y el pequeño Thomas─ ̣supusieron el epítome de un alargado ronsel de heroicidades que el cura de aquel entonces se encargó de compendiar.

Ahora bien. Ya no es tan conocido que aquella no fue la primera medalla que la institución nacional de salvamento concedió en el cabo. Hubo otras ─hubo once─ otorgadas a una generación anterior de marineros corrubedanos para agradecer su arrojo al rescatar a tres navegantes en unas circunstancias dramáticas. Sabemos los hechos y tenemos los nombres.

Fragmento de la carta del cura

Al igual que con el Arnabal Mendi ─la motonave objeto de nuestro anterior post─, también del naufragio del José Ramón se ocupó don José Antonio en su misiva. Eran las ocho de la mañana del viernes 28 de octubre de 1927 cuando aquella humilde embarcación a motor tuvo la mala fortuna de coincidir con un abrupto cambio en el cabo de las condiciones del mar. El balandro regresaba a Muros con un cargamento de sardinas compradas en Vigo. Su destino era la fábrica de salazón de Pablo Roura Paz, industrial de ascendencia catalana. Pero, mientras navegaba a la altura de Corrubedo, el viento y el oleaje aumentaron bruscamente. El José Ramón se hallaba en el estrecho espacio que dista entre los bajos de A Marosa y As Paxariñas, poco antes de la punta del faro, cuando se vio sacudido por un violentísimo golpe de mar que corrió la carga. Varias barricas de sardinas se deslizaron a un costado. Consecuencia: el barco se volteó, la máquina se paró y el casco se hundió rápidamente, dejando a sus seis tripulantes a merced de las olas.

Pero no todo estaba perdido. Un vecino había divisado el percance desde tierra y avisó al patrón José Díaz Romay, tesorero del nuevo Pósito de Pescadores de Corrubedo ─nuestra cofradía había sido inaugurada el 7 de marzo de 1924─. El hombre partió en su lancha, llamada Carmen, con otros diez pescadores. Tras arrostrar grandes peligros rodeados de rompientes, la tripulación consiguió salvar a tres de los náufragos: Manuel Lestón, Pablo Roura y Juan Leis. Este último, de 70 años de edad, apenas daba señales de vida, por lo que se vieron obligados a llevarlo rápidamente a puerto, donde fue auxiliado por los vecinos y carabineros. Un comerciante del pueblo, Andrés Pérez, puso a disposición una cama.

A los once intrépidos les quedó el regusto amargo de no poder encontrar a las otras tres víctimas a pesar de sus esfuerzos.

El Ideal Gallego, 1 de octubre de 1927

Con el transcurso de los días, el mar fue devolviendo los cadáveres.

El primero en aparececer fue el de un tal Melquíades Lestón [¿padre quizás de Melquíades Lestón Romero? ¿el sindicalista libertario sonense encarcelado por la dictadura franquista y que después de ser liberado y marchar al exilio trabajó como asesor pesquero del presidente de Túnez?… aunque lo hemos investigado no lo hemos logrado constatar].

La prensa que se hizo eco del hallazgo lo sitúa en el 1 de noviembre. En realidad ocurrió el día 31 de octubre, tal como pudimos comprobar consultando el libro registro de correspondencia de salida de 1927 del Ayuntamiento de Ribeira.

La página 227 contiene dos anotaciones de interés. En la primera de ellas (nº. 865), el ayudante de marina solicita de la alcaldía el envío de un médico para proceder a la autopsia del difunto. En la segunda (nº. 868), el ayuntamiento tiene a bien facilitar un ataúd para darle sepultura.

Libro de correspondencia de salida. Página 227.

El segundo cadáver en aparecer fue el de Ramón Rey. Lo encontró una lancha pesquera que lo condujo hasta el puerto.

Ahora sí que la prensa acertó: el lance se produjo el día 4 y así quedó reflejado en la página 232 del citado libro registro. Una vez más, se notifica el suministro de una ataúd (nº 892) y se designa un galeno para realizar la autopsia (nº 893).

Libro de correspondencia de salida. Página 232.

Y, al modo del tercer tañido de un toque de difuntos, el día 8 fue descubierto el cadáver del maquinista, Pedro Sestayo, de quien lamentaba El Correo Gallego: «deja once hijos sin más amparo que el de su madre».

La página de 235 del libro de correspondencia municipal consigna lo que a estas alturas ya conocemos: la puesta a disposición de un ataúd (nº 902) y un médico (nº 903).

Libro de correspondencia de salida. Página 235

Contó El Ideal Gallego ─el periódico que más tesón y líneas dedicó a desentrañar las circunstancias del naufragio─ que los tres ahogados recibieron cristiana sepultura en el cementerio de Corrubedo. El diario coruñés también elogió la labor del jefe de carabineros, quien al parecer fue el que localizó los cuerpos de Melquíades Lestón y Pedro Sestayo.

Y aún se permitió un poco de autocomplacencia, al resaltar la excelente impresion que causó en nuestro puerto su sugerencia de establecer aqui un barco-motor con el que acudir rápidamente en socorro de los naufragios.

El Ideal Gallego, 11 de noviembre de 1927

El 17 de diciembre nos enteramos de que el Consejo Superior de la Sociedad Española de Salvamento de Náufragos decidió conceder la medalla de plata al patrón de la Carmen y la de bronce a sus diez tripulantes. Así se lo comunicó el duque de T’Serclaes ─esto es, Juan Pérez de Guzmán y Boza─ al comandante de Marina de Vilagarcía, José Maria Franco de Villalobos.

Estos son los nombres de los que, junto a José Díaz Romay, recibieron una distinción: José Pérez Mariño, Juan García Silva, Pablo Sampedro, José Olveira Sayar, Indalecio Sampedro, Gerardo Bretal Olveira, Roberto Brión Ageitos, Abelardo Gude Pérez, Manuel Enrique Arcos y Juan Vidal Chouza.

El Ideal Gallego, 17 de diciembre de 1927

Con motivo de la exposición histórica que la Asociación Corrubedo XI Siglos organizó al final del verano de 2019, pudimos contemplar la medalla de plata entregada al patrón de la Carmen.

Prendido a una cinta con listas roja, blanca, azul y amarilla, un medalloncito con el retrato de la reina Victoria Eugenia y, pegado a él en una circunferencia argéntea de un diámetro mucho mayor ─como si los planetas Marte y Júpiter fueran siameses─, el episodio bíblico en que Jesús rescata de la tormenta a unos pescadores en el mar de Galilea. Abajo, esta inscripción en latín extraída de Mateo 8:25: «Domine salva nos perimus»… «Señor, sálvanos, que perecemos.»

El reverso nos recuerda que estamos ante un «Premio a la abnegación y al heroísmo» entre dos ramas de olivo.