
«La cuestión eterna». Tal era el titular que el periódico herculino El Eco de Galicia impuso a la pequeña noticia que nos disponemos a rememorar.
En abril de 1909, siete patrones de Corrubedo que se dedicaban a la pesca de la langosta decidieron plantear una reclamación al comandante de Marina de A Coruña, lamentando «la vergonzosa y perjudicial intrusión de barcos pescadores franceses» que, pasándose por el forro las leyes internacionales, se adentraban en aguas jurisdiccionales para faenar. Los corrubedanos no estaban solos en su reivindicación. Los respaldaban otros diez colegas y contaban con la comprensión de parte de la prensa local, pues también La Voz de Galicia publicó un artículo casi idéntico, aunque sin titular.
En realidad, la cuestión no era lo que se dice eterna, pero sí prolongada. Muy prolongada. Sabemos exactamente cuándo y por qué comenzó el conflicto y, para narrar esta historia, debemos remontarnos tres décadas atrás y viajar trescientos cincuenta millas en dirección nordeste.

El pionero del asunto fue Denis Provost. Cuentan que una tarde de 1877, en un bistró de la Île de Sein —isla radicada en la Bretaña Francesa— capitanes de barcos costeros comentaban la abundancia de langostas en Galicia. Hasta hacía poco, en la aquellas costas, la pesca de la langosta roja (nombre científico: Palinurus elephas) había sido una actividad marginal, oscurecida por el relámpago plateado de los bancos de sardinas. Pero en 1861, con la llegada del ferrocarril a Brest, algo cambió: París, capital mundial de la gastronomía, epicentro de la Belle Époque, estaba más cerca. Y en los restaurantes de París, oh París, la homard o langouste hacía salivar a los paladares más refinados, preparada en suculentas recetas… Por ejemplo à la parisienne, ideada a petición del futuro káiser Guillermo I para agasajar al zar Alejandro II, a su hijo el zarévich y al canciller Otto von Bismark durante la Exposición Universal de 1867… O à l’américaine, atribuida a un chef occitano que había forjado su sapiencia en Chicago… En cuanto a la famosa Thermidor, estaba aún por inventar: se bautizó con el título de una obra teatral que, de tan polémica (su autor en lugar de flores recibió amenazas de muerte), fue suspendida por el gobierno de la república tras su segunda función (26 de febrero de 1891) y tardó cuatro años en volver a ser representada. En cualquier caso, sea cual fuese la sinfonía final de sabores, el ingrediente estrella debía llegar vivo y bien protegido a la Ciudad de la Luz. Por eso, antes de subirlos al tren, los bretones acolchaban los crustáceos con paja o virutas y los metían en cajas de madera, dispersándoles los cuidados de un artículo de lujo tan frágil como una flor.
Decíamos que Provost, alias Toutou, escuchaba atentamente la conversación. «Además —añadieron los capitanes— a los españoles no les interesa la langosta». Sin dudarlo, Provost vendió su barco costero, el Samson, y lo sustituyó por un antiguo arenquero de 62 toneladas llamado Louise. Lo equipó con un tanque para langostas, embarcó algunas nasas y partió para acá acompañado de su hijo Louis y de una tripulación bregada en alta mar.
Tras cruzar el golfo de Vizcaya (golfe de Gascogne para nuestros vecinos del norte) Provost llegó a Vigo. Allí se reunió con pescadores locales y aplicó un hermoso —y falso— proverbio chino: «Dale un pez a un hombre y comerá hoy. Enséñale a pescar y comerá el resto de su vida.». Esto es: los bretones proporcionaron a los gallegos sus nasas para langostas y les enseñaron a construirlas y a usarlas. A cambio, los locales accedieron a venderles toda su pesca. Dos meses después, el Louis regresaba a Francia con su tanque de langostas repleto: las habían comprado por apenas un franco y las revendieron por dieciocho veces esa cantidad.

El siguiente en probar suerte fue un comerciante de Brest llamado François Levec [quedaos con el nombre]. En septiembre de 1879, fletó y equipó un barco llamado Deux Cousins, de 76 toneladas, y lo mandó a Viveiro a las órdenes de un tal Jean-Louis Stéphan. En el puerto de la provincia lucense compró a bajo precio un cargamento de 600 langostas rojas y, voilà, lo revendió a uno alto en Brest.
En la primavera y verano siguientes, la carrera à la recherche del crustáceo gallego se disparó. Un buen puñado de embarcaciones bretonas siguió la estela del Louis y del Dex Cousins: navíos a vela como el Hirondelle, el Providence, el Aristide Marianne, el Martin-Pêcheur, el Six Sœurs… Solamente los mencionados —y hubo bastantes más— lograron hacerse con 70.120 langostas en la campaña de 1880, cifra que se elevó hasta las 117.220 a fecha 13 de junio de 1881, según los registros de la aduana de Viveiro.
Los franceses habían encontrado un maná.

Pero su presencia no pasó desapercibida.
Ya en abril de 1881, el periódico Diario de Lugo se hizo eco de las quejas proferidas por otros rotativos gallegos. El primero en alzar la voz debió de ser el recién nacido semanario Las Riberas del Eo, con sede en Ribadeo (cerca de Viveiro, pues). Pero la preocupación había trascendido el litoral cantábrico. Así, según Diario de Lugo, el vilagarciano La Voz de Arosa alertaba de que dos buques viveros franceses anclados en el puerto de Santa Uxía de Ribeira habían acaparado todas las langostas de estas costas y pronosticaba su agotamiento igual que había sucedido con los bancos de ostras: «El subido precio a que las pagan estimulando el interés de los pescadores —clamaba—, dará seguramente por resultado la extinción de aquella especie tan estimada y que podría ser objeto de una importante especulación el día, próximo ya [ilusos…], que el ferrocarril nos comunique con el interior de la península». Por su parte, el santiagués La Gaceta de Galicia hacía un llamamiento a sus colegas regionales y de Madrid para que diesen preferencia a este asunto sobre los [los tiempos no han cambiado tanto como pregonó Bob Dylan] «pugilatos políticos».

La preocupación creció. En junio de 1881, Diario de Lugo reprodujo íntegramente (necesitó seis números para ello) un informe de la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago sobre la extracción abusiva de langostas en las costas gallegas. Respecto de los especuladores galos, el documento arrojaba un dato demoledor: aquí pagaban por cada ejemplar una peseta y allá la vendían a entre 10 y 12 francos, quedándose con unos beneficios de entre 9 y 11 francos. Algunas líneas más abajo, el autor hinchaba su vena de novelista apocalíptico:
«Hay constantemente un buque surto en bahía, por lo menos; y, cuando este zarpa con la pingüe mercancía, otro le reemplaza y se apercibe para inseguir en la obra de devastación emprendida. Los períodos de veda no existen para estos acaparadores y en su afán por quebrantarla rayan a la misma altura la codicia de los explotadores y la apatía de los explotados.»
¿Conclusión? La influyente entidad compostelana proponía reglamentar la pesca de la langosta e imponer un período de veda de nueve meses —correspondiéndose con el nacimiento y cría de la especie— o, al menos, de entre el 1 de septiembre y el 1 de abril. También recomendaba imponer una talla mínima de veinte centímetros «desde el ojo hasta el arranque de las aletas inmediatas a la cola».
Sus propuestas no cayeron en saco roto. El gobierno aprobó por Real Orden de 28 de enero de 1885 un reglamento para la pesca de crustáceo dotado de 26 artículos. Establecía un período de veda desde el 1 de agosto hasta el 15 de octubre para el macho, y hasta el 31 de marzo para la hembra. Y fijaba una talla mínima de —efectivamente— 20 centímetros «medidos desde el ojo al arranque de las aletas terminales de la cola».
¿Surtió efecto?
No mucho. O no mucho tiempo. En marzo de 1891, el asunto asaltó con fuerza la prensa. Multitud de periódicos, y no solo gallegos, denunciaban las malas artes de los exportadores norteños, que ni pestañeaban a la hora de burlar cualquier prohibición de tiempo o tamaño. Esto es lo que contaba el catalán El Mercantil de los barcos franceses:
«Realizan estes comercio aproximándose a nuestra costa y corriendo del Cabo Villano al de Currubedo sin entrar en puerto alguno, tomando en alta mar de los pescadores la langosta viva; lo cual les resulta cómodo y barato, puesto que, además de llevarse la langosta en época de veda, se llevan la grande y pequeña, evítanse derechos de Aduanas, gastos de puerto, etc., etc.»

Por una carta al director de La Voz de Galicia (15 de septiembre de 1892) nos enteramos de que se impartieron órdenes al cañonero Mac-Mahón —primer buque con casco de acero galvanizado construido en España— para que recorriese la costa, de los cabos Corrubedo a Ortegal, con la misión de interceptar la comunicación de los pescadores autóctonos con los balandros franceses. A juicio del autor de la epístola, no era suficiente: «Se hace indispensable que el Destructor u otro crucero de buen andar, ayude al Mac-Mahón en semejante trayecto».
Sin embargo, pese a las quejas, las relaciones franco-gallegas debían de estar perfectamente normalizadas. Véase si no la naturalidad con que se cuenta esta noticia acerca dos fabulosos lances de la Carmen de Corrubedo y la venta de la carga a un balandro francés:

El mentado reglamento de crustáceos de 1885 autorizaba la construcción de cetáreas o viveros en el litoral español y, para el exclusivo fin de poblarlos, se permitía la captura de cualquier especie «durante todo el año y sin limitación de tamaños». Tocante a las langostas, en Corrubedo tenemos noticia de que se le permitió erigir esta clase de instalaciones a un tal Román Rodríguez (1888), a cierto Fernando Barreiro que intentó, infructuosamente, que se prohibieran los viveros ya existentes (1896) y al vecino de Corme Manuel Cousillas (1904).
También a François Levec. El comerciante de Brest que había mandado el Deux Cousins a Viveiro…

Así es. Levec se alió con un tal Luis Sarlín —Louis Sarlin, probablemente— y logró la deseada autorización en febrero de 1904.
O no tan deseada. En 1907, ambas concesiones se declararon caducadas por parte de la Marina Mercante.
Primero la de Porto do Son, por no haber efectuado trabajo alguno:

Después la de Corrubedo, por no terminar las obras en plazo:

Y así llegamos a 1909 y a «la cuestión eterna» llorada por El Eco de Galicia al principio de este post. Habréis notado que el problema planteado por los siete patrones corrubedanos difiere de lo expuesto en un detalle: los galos ya no eran mercaderes listos para hacer negocios con los pescadores locales, sino pescadores ellos mismos faenando ilegalmente en aguas jurisdiccionales españolas.
Era otro modus operandi que se alargó al menos hasta la década de los años veinte. En 1922, El Compostelano explicaba gráficamente cómo los balandros franceses, antes de levantada la veda, hacían su aparición en nuestro litoral y, siempre que tenían ocasión, lanzaban sus redes dentro de las tres millas sujetas a protección. Su último y desesperanzado párrafo:
«Esta es la triste realidad, e inútil será clamar contra ella. Todos los años seguirán viniendo los franceses a buscar las langostas a nuestras aguas y continuarán haciendo su agosto como hasta aquí, sin que de nada sirvan las quejas de quienes se interesan en estos asuntos, si el sistema de vigilancia de la pesca que hoy existe no se completa y perfecciona.»

¿Hasta cuándo estuvieron los franceses? Según el estudio Historia del colapso de la pesquería de langosta Palinurus elephas (Fabricius, 1787) en Galicia: lecciones para el presente, no se sabe a ciencia cierta. Lo que sí, las tenazas de estos crustáceos continuaron punzando en las mentes de los pescadores gallegos [recordaréis que, nada más nacer en 1924, la primera propuesta de la Cofradía de Pescadores de Corrubedo fue que la pesca de esta especie fuese libre del 1 de abril al 30 de agosto] hasta que, en la década de 1970, el recurso colapsó.
Hoy seguimos esperando por su resurgimiento.

[Algunas fuentes consultadas: Historia del colapso de la pesquería de langosta Palinurus elephas (Fabricius, 1787) en Galicia: lecciones para el presente (Rafael Bañón y José Irisarri), «Les langoustes de la mer Cantabrique» (Bateaux de Camaret) y «« Skellig » et la saga bretonne langoustière du début du XXe siècle» (Ouest France)].







Deja un comentario