Melchor Gaspar de Jovellanos pintado por Francisco de Goya
El canto del cisne de la Junta Suprema Central arrancó con nocturnidad. A la una de la madrugada del martes 23 de enero de 1810 sus miembros comenzaron a abandonar Sevilla, espantados ante el rumor de una inminente invasión por parte de las fuerzas napoleónicas de la vecina ciudad de Córdoba, y se refugiaron en la gaditana Real Isla de León, hoy San Fernando. La huida fue el golpe de gracia para una institución que llevaba gobernando España desde septiembre de 1808 para rellenar el vacío de poder que dejó la doble abdicación de Fernando VII y Carlos IV. Pero, a aquellas alturas, apenas dieciséis meses después, estaba totalmente desacreditada: incapaz de contener el ejército francés, plagada de luchas internas, sospechosa de corrupción y de robar dinero del fisco… Marchar de Sevilla fue el inicio de su último capítulo. Una semana después, la junta se autodisolvía y sus denostados integrantes empezaban la desbandada.
Nosotros vamos a fijarnos en uno de sus representantes más insignes e influyentes. El asturiano Melchor Gaspar de Jovellanos. Un hombre ya mayor, curtido por antiguas responsabilidades y el paso por prisión. El 26 de febrero de 1810, despojado de su cargo en la junta, Jovellanos zarpó en el bergantín mercante Nuestra Señora de Covadonga con destino a Gijón.
El viaje, sin embargo, no habría de salir como él pensaba.
Los fusilamientos del tres de mayo
Primero, un rápido repaso a los acontecimientos que condujeron a tal situación.
17 de octubre de 1807. España y la Francia de Napoleón firman el Tratado de Fointainebleau, presuntamente para permitir el tránsito de las tropas galas para invadir Portugal. Aprovechando la coyuntura, los gabachos comienzan a adueñarse del territorio nacional. La noche del 17 al 18 marzo de 1808 se desencadena el motín de Aranjuez: Carlos IV abdica y el mandamás Manuel Godoy es destituido. El 23 de marzo el ejército napoleónico entra en Madrid a las órdenes del mariscal Murat. El 2 de mayo la capital se levanta contra los franceses. Se produce una brutal represión pintada por Goya. Fernando VII renuncia al trono el 5 de mayo en favor de su padre Carlos IV. El 6 de mayo Carlos IV cede sus derechos a Napoleón, quien designa como rey a su hermano José Bonaparte el 6 de junio.
Diversas poblaciones se sublevan y forman sus propias juntas de gobierno: Asturias, Valencia, Galicia, Sevilla… El 19 de julio se desata la batalla de Bailén, primera victoria española en campo abierto contra los invasores. Espoleados por aquel golpe de moral, las juntas se unen en un órgano central para coordinar la resistencia. Así, el 25 de septiembre nace en el Palacio Real de Aranjuez la Junta Suprema Central y Gobernativa del Reino, integrada por dos representantes por cada junta de los antiguos reinos. Uno de los de Asturias es Gaspar de Jovellanos.
La rendición de Bailén pintada por José Casado del Alisal
Nacido en 1744 en Gijón, después de cursar Leyes y Cánones en el Seminario de Ávila cambia la cruz por la toga y va ascendiendo por los resortes administrativos del Reino: alcalde del crimen y después oidor en la Real Audiencia de Sevilla, alcalde de casa y corte en Madrid, ministro de la Real Junta de Comercio, Moneda y Minas, director de la Real Sociedad Económica Matritense, superintendente de las Órdenes de Calatrava y Alcántara y, por fin, ministro de Gracia y Justicia… En su fecunda carrera se granjea amigos, pero también enemigos. En 1801 es desterrado por Godoy a Mallorca: primero lo encierran en el monasterio de la Real Cartuja de Jesús de Nazaret; después, en la prisión del Castillo de Bellver.
Tras el motín de Aranjuez, Fernando VII le concede el indulto. Débil y enfermo, se refugia en la localidad manchega de Jadraque para restablecer su salud. Allí coincide con Goya, quien le pinta un retrato. Los franceses lo tientan con un puesto en el gobierno de José Bonaparte, que rechaza. Los sublevados le piden que entre en la junta de Asturias. Acepta, y el 17 de septiembre marcha a Madrid para formar parte de la Junta Suprema Central.
José I Bonaparte pintado por François Gérard
España es vencida en la batalla de Somosierra y la junta cambia su sede de Aranjuez a Talavera de la Reina. De ahí muda a Trujillo y después a Sevilla, adonde llega el 16 de diciembre de 1808 y trabaja en pro de la convocatoria de unas Cortes Constituyentes. Mientras, las fuerzas españolas logran alguna pequeña victoria, pero las derrotas son más y se van sucediendo hasta la catastrófica batalla de Ocaña del 19 de noviembre de 1809, que deja expeditas las puertas de Andalucía. La caída de Sevilla es cuestión de tiempo (ocurrirá el 1 de febrero de 1810) y los de la Junta Suprema Central ponen pies en polvorosa en la madrugada del 23 de enero. Se guarecen en la Real Isla de León: su último refugio.
Tras navegar Guadalquivir abajo y hacer escala en Sanlúcar, Jovellanos entra en la isla el día 25. Allí escucha los lamentos de otros compañeros que han optado por huir en coche y han recibido insultos y amenazas de muerte por los ciudadanos que los contemplan escapar con el rabo entre las piernas. El prestigio de la junta ha tocado fondo. El 30 de enero decreta su disolución y es sustituida por un Consejo de Regencia.
Sin cargo y sin sueldo, Jovellanos intenta embarcar el 7 de febrero en la fragata La Cornelia rumbo a Vigo junto con otros siete miembros de la junta. Pero una delación desliza que el barco porta 150 barriles cargados con los tesoros del gobierno, por lo que es objeto de un minucioso registro. No hay tal tesoro, solo 70.000 reales, pero la nave no zarpa.
Por fin, el 26 de febrero de 1810, acompañado del otro diputado por Asturias, marqués de Camposagrado, Jovellanos consigue marchar en el bergantín marcante Nuestra Señora de Covadonga con destino a su tierra natal. No mucho después, escribirá:
«Llegó con esto el 26 de febrero, y á las seis de la tarde, soplando el viento O. E. O. dimos la vela de la bahía. Del 1.º al dos de marzo doblamos el cabo de S. Vicente. Del tres al quatro, arreciando el viento de travesía, y engrosando la mar seguimos navegando nuestro rumbo, pero con gran cuidado, y no yá sin recelo. Del quatro al cinco el temporal se hizo terrible, y tormentoso, con vientos del S. O. al N. O. la mar por los cielos, y grandes y frecuentes chubascadas, que fueron siempre á mas en toda la noche del cinco; y en el fin de esta, quando nos estimabamos á 10 leguas fuera del cabo de Finisterre, la mar, y el viento nos habían arrojado sobre la Isla de Ons, contra cuyas rocas iba ya a estrellarse el buque, quando al rayar del día 6, la luz, y la protección del Cielo salvaron nuestras vidas, dandonos el tiempo preciso para zafarnos con una virada oportuna: con lo qual doblando el cabo de Corruvedo, pudimos tomar abrigo en esta hermosa, y segura ria de Muros.»
Así pues, tras una semana de travesía, el bergantín se ha tenido que enfrentar a un furioso temporal que casi lo arroja en la noche del lunes 5 a las rocas de la isla de Ons. Por suerte, al romper el día del martes 6, logra doblar cabo Corrubedo después de una «virada oportuna» y la «protección del Cielo» —no es la primera vez que nuestro saliente geográfico es considerado mojón salvador— y abrigarse en la seguridad de las aguas de la ría de Muros. Jovellanos está a salvo, pero no por ello dan por concluidos sus sinsabores. Atrapados en la villa muradana, a él y a Camposagrado les requisan sus pasaportes a instancias de la junta de Santiago y son «reducidos al mayor desamparo, desairados y rodeados de amarguras y peligros».
Del cáliz de su pesadumbre se verterán las palabras que han de componer el libro del que hemos reproducido el extracto de arriba. Publicado en A Coruña en 1811, cuenta con el larguísimo pero elocuente título de D. Gaspar de Jovellanos a sus compatriotas. Memoria en que se rebaten las calumnias divulgadas contra los individuos de la Junta Central, y se da razón de la conducta y opiniones del autor desde que recobró su libertad. Tiempo para escribirlo tuvo, pues no será hasta el 17 de julio de 1811 cuando logre salir de Galicia y viajar por tierra a Gijón. El 6 de noviembre huye de ese puerto en el bergantín Volante ante la llegada de los franceses. En el trayecto enferma de pulmonía y fallece el 28 de noviembre, con 67 años, en la aldea asturiana de Puerto de Vega.
Sus últimas palabras: «Mi sobrino… Junta Central… La Francia… Nación sin cabeza… ¡Desdichado de mí!».
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