
«Los trenes circulaban de día y de noche, de mercancías unos, de viajeros otros. Las horas de la noche las marcaban el expreso de Madrid en dirección al norte y el expreso de Asturias hacia el sur, camino de la Meseta. En el silencio absoluto de la noche, su presencia dividía nuestros sueños»
Josefina Aldecoa (1926-2011)
Quien más quien menos, llevamos unos cuantos días algo alicaídos por influjo de la lluvia, pero también por los terribles accidentes de Adamuz y Gélida. Improbable no empatizar con los dramas familiares que se esconden tras cada rostro de los fallecidos. Imposible no sentir lástima por tantas vidas truncadas.
Esta semana, contemplando el enésimo reportaje de la tragedia, se nos vino a la cabeza que en otro pavoroso siniestro ferroviario, ocurrido hace cerca de un siglo, hubo un corrubedano entre los pasajeros.
Hasta ahora, dos habían sido las ocasiones en que este medio de transporte [el predilecto para quien esto escribe, aun a pesar de las noticias más recientes poniendo en solfa su seguridad] ocupó un lugar preponderante en el blog. La primera, al relatar la vida del suizo Leon Steiner que, tras un viaje trasatlántico ─su presencia opacada por otro emigrante en el mismo barco que ganaría universal fama─, desempeñó un papel crucial en el despliegue del ferrocarril por las alturas de la cordillera de los Andes. La segunda, cuando cupo la posibilidad, aunque remota, de contar con un rail sujeto en suelo de Corrubedo para hacer realidad la aspiración nunca lograda de unir Ribeira con Santiago.
Esta será, pues, la tercera vez. La más triste. Marcada por los accidentes de Córdoba y Barcelona… y el polvo en la retina de la curva de Angrois.

‘Expreso de Asturias’. Así era conocido el cómodo servicio ferroviario que, desde el verano de 1884, unió la capital de España con las principales ciudades del Principado: Oviedo y Gijón. Ministros, generales, alcaldes, periodistas, infantes, gobernadores civiles y hasta los jugadores del Real Oviedo en visita a Chamartín [5-0 a favor del conjunto merengue en la Copa del Rey de 1928] poblaban los ecos de sociedad de los periódicos cuando para sus desplazamientos utilizaban este tren, perteneciente a la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España hasta que esta fue absorbida por Renfe y dividió los sueños de Josefina Aldecoa, esposa del también escritor Ignacio Aldecoa.
Un hito para que el trayecto se pudiera materializar fue la construcción de la rampa de Pajares: monumental obra de ingeniería que tardo cuatro años en ejecutarse (1880-1884) en el anhelo de remontar el salvaje desnivel de 729 metros entre Puente de los Fierros (Asturias) y Busdongo (León). Medio siglo después, el accidente de produciría a unos cuarenta kilómetros de esta última localidad, cuando el expreso avanzaba en la noche a toda velocidad rumbo a la capital de España.
Nevando.

Ocurrió a la una menos diez de la madrugada del miércoles 17 de diciembre de 1930. El Expreso de Asturias número 502 había salido de Gijón y, tras subir la rampa de Pajares, circulaba a toda marcha porque llevaba un considerable retraso: a las ocho de la mañana debía estar en Madrid. A la altura del apartadero de Cuadros, donde no tenía parada, el maquinista no pudo ver por culpa de la intensa nevada las señales de cruce conminándolo a detenerse, y es que debía esperar y dejar paso al tren de mensajerías número 541, que marchaba en sentido contrario y también iba fuera de hora. Chocaron un kilómetro después. El impacto fue espantoso, violentísimo. Las dos locomotoras y sus respectivas carboneras (‘tender’, así las denominaban) quedaron destrozadas, al igual que tres vagones del tren de mensajerías y, en lo que atañe al Expreso de Asturias, su furgón, su coche correo y un coche de tercera clase. También descarrilaron cuatro vagones: tres del primero y uno de este último. Algunos supervivientes, presos del pánico, salieron a cielo abierto por portezuelas y ventanillas y marcharon campo a través en medio del frío y la oscuridad. Otros, más serenos, se quedaron a auxiliar a los heridos y, a la luz de los faroles sostenidos por los empleados —los hachones no lograban resistir la fuerza del viento— trasladarlos a los convoyes que habían quedado más o menos incólumes. Desde los coches siniestrados se escuchaban gritos desgarradores.
El apartadero de Cuadros había dado aviso del accidente y, sin demora, desde León se intentó enviar un tren de socorro con médicos, material sanitario y una brigada de obreros. No pudo llegar por la cantidad de nieve acumulada en las vías, así que lo hicieron a bordo de una caravana automovilística. Se organizaron las operaciones de salvamento, captadas por fotógrafos de medios como Ahora o Mundo Gráfico, que nos dejaron tremebundas escenas encuadradas por montañas de astillas y amasijos de hierros retorcidos en formas inverosímiles. Mientras, los plumillas hacían recuento de los muertos y los heridos una otra vez, una otra y vez.

La cifra final. Quince muertos y dieciocho heridos. Entre los primeros, los maquinistas de ambos trenes, además del fogonero y el conductor del expreso. Entre los segundos, un individuo que, según donde leyéramos al transcribir en letras de imprenta unas anotaciones precipitadas, respondería al nombre de José Romain o José Román.
Pero no. Debemos agradecer a un periodista del diario Ahora algo más esforzado que el resto que indagara más allá de la lista de nombres, interesándose por las circunstancias de quienes había tras ellos. Fue por eso que supimos que el tal José Romain o José Román ─del que en algún sitio decían que era marinero─ se llamaba en realidad José Romay, originario de Corrubedo y con pronóstico grave.
Lo podemos leer en la última línea del antepenúltimo párrafo:

Llama la atención que entre los heridos ─leve, en su caso─ también figurase un tal José Tabio de Rianxo, que en otras informaciones transcribieron como José Tubío [nos cuadra más], de profesión marino. No nos es descabellado suponer que ambos fueran juntos en el viaje.
¿Sobrevivieron?
A falta de nuevas noticias, nos gustaría pensar que sí. Que no ocuparon ninguno de los once féretros presentes en el funeral celebrado el viernes 19 de diciembre en la iglesia leonesa de San Francisco de la Vega [con profusión de autoridades y costeado por la Compañía del Norte] ni en los que se enterrarían después.
D. E. P.

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